Joannes Salamanca

Es el protagonista de Danza de Tinieblas. Así aparece descrito en la novela:

Joannes Salamanca, cabo de alguaciles, veterano de los tercios, hijo de emigrantes holandeses y más conocido como mascaburras, suspiró audiblemente. Era un hombre grande, ancho de hombros; un muro serrano construido para vencer al viento y la nieve hubiera tenido las mismas proporciones. El pecho, al respirar, parecía extendérsele hasta casi reventar los lazos de la camisa, por lo demás ya forzados por las lorzas excesivas del talle y la anchura de espaldas. En medio de su cara, ancha y rubicunda, dos ojos pequeños, dos cabezas de alfiler de color azul, observaron el comedor del cuartel, las mesas repletas, el aire cansado de humo, los hombres de uniforme apoyados en las paredes, charlando, fumando, esperando que la tarde se hiciera noche.

Y así lo ha interpretado magistralmente Luis Miguez en estos dibujos que ha colgado en su blog.

Es como ver salir de la bruma de la imaginación un ser real. Fascinante. Muchas gracias Luis.

Danza de Tinieblas, tecnología

motor ciclo ottoLa tecnología tiene su historia, como todo lo que concierne al paso del tiempo. Lo interesante es que la evolución tecnológica sigue una curiosa mezcla entre los impersonales dictámenes de las leyes físicas y las necesidades, anhelos y caprichos de los seres humanos destinados a usarlas. En una escala que va desde el arte puro (función estética pura, solo limitado por el gusto de los usuarios) y la ciencia pura (ocupada tan solo de la verdad, sea esta como sea), la tecnología se establece como un interesante punto medio mezcla de necesidad y contingencia, de lo que se necesita, lo que se desea y lo que la mente, los recursos y la ciencia permiten.
Así, un elemento fundamental de mi concepto de ucronía, un recurso descriptivo en realidad, es como de diferente puede ser la tecnología de una sociedad cuya historia fue diferente a la nuestra. En el mundo de Negras Águilas, primer relato de Danza de Tinieblas, se hacen patentes los dos principales factores que modelan esa tecnología ucrónica:
– No hay caballos.
– Los motores con los que se ha seguido la revolución industrial funcionan alimentados con hulla pulverizada y son de explosión interna. 

Eso abre la puerta a algunas otras peculiaridades. Los motores de explosión interna son más eficientes que los de vapor, que se supone que fueron inventados pero desechados casi inmediatamente, al descubrirse el ciclo Écija, llamado así en honor a su inventor. Como no hay fuerza de transporte animal disponible, la innovación se extiende a toda velocidad, una revolución industrial que pilla con el pie cambiado a todas las estructuras sociales y económicas y las obliga a cambiar casi de la noche al día. 

Eso hace al mundo de un aspecto parecido al actual, salvo en que otros campos de la tecnología, la electricidad, aún no han tenido tiempo de desarrollarse. No hay aviones, ni teléfono, no hay luz eléctrica, o está empezando a implantarse y, por supuesto, todas las máquinas se mueven con motores ciclo Écija. 

Anticipando algo lo que estoy escribiendo ahora mismo, la tecnología de Danza de Tinieblas no se extiende ad infinitum, sino que va progresando lentamente, añadiendo a la civilización elementos parecidos pero no iguales a los de nuestra civilización moderna: volateros, teleaudios (que sirve a la vez de teléfono y radio de entretenimiento) y teleentrópico (una curioso red informática de comunicación evolución de la que aparece en el despacho del primer ministro en Danza de Tinieblas).

De cualquier manera, la sociedad, los individuos que la constituyen y las herramientas que construyen y usan, al igual que las costumbres y normas que regulan su convivencia, van en un mismo paquete densamente tejido de interrelaciones. Es, quizá, lo que para abreviar llamamos “cultura”. 

Yo he intentado en mi ucronía que la materia de especulación sea la propia cultura, y todo ese concepto lo recoge como propio. 

Danza de Tinieblas

Todo vino de una imagen. No existe más que en mi imaginación y mis dotes como dibujante no dan como para recrearla, aunque puede que algún día lo intente. En ella se veía un Madrid nocturno, tenebroso, sin luz eléctrica, en el que apenas había algún brillo de candela amarillenta. En una calle empedrada, rodeada de edificios monolíticos, de granito y madera, avanza un vehículo carrozado en un negro líquido, una máquina movida por un retumbante motor de grandes pistones de acero, que se desliza sobre los adoquines sobre ruedas metálicas recubiertas de goma maciza.
La cámara —sí, esto es como una película- sigue al vehículo que desemboca en una calle mayor, mucho más iluminada, y se integra en una corriente de máquinas similares, de muchas formas y un solo color: el negro. Parece un enorme insecto, un veloz escarabajo acorazado que avanza en la noche y se mezcla con otros muchos en la inmensidad de un bosque de edificios. La calle es la Gran Vía, en la que hay edificios que reconozco y otros que no corresponden a los reales o incluso los históricos. Las personas que pasean por las aceras son de muchas razas y visten una moda extraña, de escuetos tonos oscuros, capas largas o cortas, faldas con guardainfantes testimoniales, jubones y medias, gorgueras reducidas y sombreros de pico. Abundan gentes humildes, chicuelos sucios, soldados desgreñados y cubiertos por gruesos capotes, busconas, matronas, costureras, mujeres aún sin derecho a voto ni a una profesión.
Eso era todo, una imagen, aunque muchas de las ideas descritas ya me rondaban en la cabeza, el relato solo cristaliza en ese sueño visual, previo por unos segundos a las palabras escritas del cuento Negras Águilas.
De esas ideas previas, la que mejor recuerdo es la de jugar a darle la vuelta a la ucronía descrita en Panava, la obra de Keith Roberts. Roberts fabula con una Inglaterra católica y a mí se me ocurrió que la mejor equivalencia sería una España protestante y un imperio que no hubiera muerto. El famoso “y si… ” de todas las ucronías estaba planteado.
Tras esa idea, la hermana de una buena amiga, amiga también y Licenciada en Historia, consultada sobre un buen libro acerca del Siglo de Oro, me recomendó el estupendísimo La vida cotidiana en la España del Siglo de Oro, escrito por Fernando Díaz-Plaja. Ese ensayo, o colección de ensayos, además de proporcionarme materia prima directa y documental para poder escribir algo relacionado con el Siglo de Oro, también me sirvió para empezar a entender por qué Quevedo escribía como escribía, por qué Lope era como era, por qué la política de la época se desarrolla como se desarrolla, o, más bien, las consecuencias que tuvieron los muchos errores de entonces.
De haber podido leerlo allá en el bachillerato, cuánto más me habría interesado la historia y las artes de aquella época; de conocer cómo vivían -o mejor, sobrevivían- los españoles hubiera podido saborerar la fascinación de aquel siglo desquiciado.
No puedo dejar de mencionar a Alatriste. No podría, ni querría, negar que su influencia está en Danza de tinieblas. Estupenda idea la de Reverte, magnífica oportunidad de acceso a la historia y la literatura, sobre todo para los adolescentes. No se ha vendido como tal, como literatura juvenil, no podría, dadas las pacatas normas no escritas de nuestra sociedad bien-pensante respecto a las lecturas adolescentes y la violencia, pero cumple ese objetivo a la perfección. Aventura, intriga y emoción en un marco histórico fascinante, tanto por cercano de los escenarios, como por los hechos acaecidos: en un par de siglos pasamos de enriquecido y todopoderoso imperio, a país paupérrimo y miserable. Hay que retroceder casi a la caída del Imperio Romano para encontrar otra tragedia semejante.

Con esos antecedentes, puestos todos juntos a batir en el inconsciente, aplicadas las reglas del juego ucrónico, y tras un poco de sufrimiento escritoril, surgía Negras Águilas, mencionado antes, un relato de no demasiadas palabras y primera incursión en la ucronía donde se desarrolla Danza de Tinieblas, y que ganó el premio Ignotus, de la AEFCFT del año en que se publicó en Artifex.
Y no mucho después, Danza de Tinieblas, mi primera novela larga, que no lo es tanto, apenas 100.000 palabras, pero que así me lo pareció cuando la escribía. Pero eso es tema para otra entradilla.