Víctima y verdugo

Soy Egisto y Orestes y las Furias.
Soy el que se echa al suelo y me suplica.

Julio Martínez Mesanza

El calor era espeso, tanto que a la sangre le costaba fluir y se acumulaba en las cavidades internas de su cerebro, enlenteciéndole el pensamiento. En el techo, el ventilador removía el aire denso y caliente, saturado de olor a sudor y selva. Podía sentir cada ola individual de aire al caer sobre su piel desnuda, el frescor mínimo que evaporaba el sudor que le cubría el pecho desnudo. Gemían las cuerdas de yuca de la hamaca, zumbaban insectos potentes colgando de los mangos, afuera de la barraca, en el mediodía abrasador de la selva. Sin mirar, tomó el recipiente hecho de la cáscara dura de un fruto extraño, que sujetaba en el regazo, y bebió el líquido que contenía. Torció el gesto ante el amargor de la quina, le llegó el regusto fuerte del ron subiendo por el esófago y luego la dulzura del zumo acariciándole el paladar. De inmediato se sintió bien, ligero, nada importaba. Las aspas del ventilador, giraban incansables en el techo, arrastradas por una correa de cuero. El pequeño motor de hulla, que tiraba de aquella correa, traqueteaba lejano. La vista se le quedó prendida en aquel disco discontinuo. Las aspas parecieron girar más lentamente y el sonido se hizo más agudo y nítido, creció desproporcionado; pronto no fue un motor de medio caballo, sino un monstruo de diez cilindros atronando justo detrás de su cabeza, revolucionado hasta lograr arrastrar unas inmensas palas que giraban atornillándose en el aire. Con ayuda del globo, sostenían en el aire a diez hombres y a una tonelada de metal y madera. Alguien gritaba, el sudor volvía resbaladizo el cuero de la palanca de mando. El aire entrando en la cabina abierta le cegaba. Se caló el morrión de cristal. No veía apenas. Las copas de los muratingas, copaíbas, jacarandás, paurosas, cedros, iatubas, louros, samaumas y virolas, parecían formar una interminable alfombra verde bajo él. Arriba el cielo era dolorosamente azul. Golpes como picotazos de un ave furiosa, azotaron toda la estructura. Los gritos arreciaban. Movió la palanca dando un bandazo para evitar la descarga. Un claro se abrió a su derecha. Locos insectos de metal zumbaban en el aire, chillando al pasar. Alguien le golpeaba el hombro, le indicaba algo. Miró el indicador de bencina, estaba casi a cero. El globo estabilizador trasero saltó en su soporte, alcanzado por una bala, haciendo saltar toda la estructura. El capitán — la cara negra, los ojos pequeños, muy brillantes, el pelo largo colgando en greñas manchadas de hollín y sangre— le gritaba en el oído, desde muy cerca, y señalaba hacia un claro en la selva. Había una aldea allí de la que surgían trazas de humo blanco, cohetes que crecían bruscamente del suelo entre las cabañas para llegar hasta ellos como blancas enredaderas de muerte. Algo bramó atrás, desde la cabina de pasaje. Con una cadencia de 40 disparos por minuto una Ormaetchea del calibre 30 tosía balas sobre las casas. Abajo una de las cabañas se desintegró bajo un granizo metálico, el techo hundido, los soportes de gruesos troncos hendidos por las gruesas balas.
El retroceso del arma intentaba hacer girar la máquina volviéndola casi incontrolable. Gritó apretando los dientes y aferrando la palanca de mando que luchaba por escapársele de la mano. El motor descendía de revoluciones, las palas se retorcían y gemían, tenía que aumentar el par. Movió la mano alzando el acelerador mientras engranaba una marcha tras otra con el pie izquierdo. Sobrevolaron la selva tocando con la panza las copas de los árboles, destrozando hojas y ramas.
Sacudió la cabeza, cerró los ojos y volvió a abrirlos. Solo era un ventilador. La mano que aferraba el recipiente le parecía ajena, remota. Hizo un esfuerzo por llevarse a la boca y beber. Tendidas en al hamaca, sentía las piernas desnudas como remotos confines de un territorio que era suyo pero que no conocía personalmente. Probó a cambiar de postura, pero el esfuerzo no merecía la pena, estaba pegado a las telas sudadas de aquella hamaca indiana, tejida con fibras aún verdes de un árbol especial que evita que por ella asciendan y proliferen las alimañas.
El largo barracón estaba compartimentado por biombos de fibras tejidas. Más allá otros hombres tosían, roncaban, esputaban, reían, lloraban o maldecían su destino.
—¿Teniente Avellaneda? ¿Está vuesa merced despierto y presentable? El maestre de campo y el coronel quieren verle.
Maestre de campo, coronel, verle, a él. Los significados, empapados de humedad y hastío lucharon durante un buen rato en hacerse comprender. Peleó por incorporarse de la hamaca. Solo lo consiguió al tercer intento. El hombre que le había hablado, un ordenanza, le asió antes de que se cayese al suelo. Al momento había olvidado por qué se levantaba, luego lo recordó, un segundo después se dobló por los retortijones del agualinda que había bebido y vomitó las tripas en el piso de tablas. Aguantándole del hombro lo arrastró hasta el rió y lo abandonó en la orilla. Sin apoyo, se derrumbó en el agua amarronada, caliente, pero menos que el aire sofocante. Cierta memoria de frescor le vino a la piel. Se irguió chorreando, un poco más lúcido, y miró al campamento haciéndose sombra con las manos. Cinco barracones, varias barracas, almacenes y explanadas duramente mantenidas lejos de la exuberancia de la selva se extendían a la vera del río. Se recogió el pelo, escurrió la camisa y se adecentó los calzones. Al tocarse el cuerpo se sorprendió del tacto rugoso, como de cuero, que tenía su piel. Se palpó los lomos duros, los tendones tensos y huesos prominentes de las piernas y brazos. Se miró reflejado en el agua, el cuerpo delgado, pequeño, una cabeza grande, llena de pelo apelmazado por el agua y los grandes bigotes. No había sido así antes, en España. Caminó descalzo entre la fronda, sin miedo a las alimañas, hasta el barracón. De su arcón sacó el sombrero, las botas, las cinchas, y se vistió de uniforme completo, quizá por primera vez en semanas. Las náuseas persistían, haciéndole tambalearse mientras se abrochaba las talabardas ceremoniales, que nunca usarían las culatas de armas obsoletas, como picas y arcabuces. Afuera las chicharras gritaban desaforadas en el mediodía de la selva.
—Vamos.
Salieron del barracón y cruzaron el espacio vacío hasta la pista. El sol caía de plano, una masa de luz abrasadora que aplastaba la selva haciéndola arder lentamente. Entrecerró los ojos bajo el sombrero. Allá estaban los autodirigibles, las masas desinfladas de los globos de sostén derramadas sobre la estructura de madera, las aspas de propulsión y las de sostén, hechas de acero muy fino. Parecían derretidas, incapaces de volver a girar. Aquellas maquinarias quemadas por el sol, eran grandes masas de derrota, enormes cadáveres pudriéndose al sol. Casi pudo oler la carne en descomposición, oír los enjambres de insectos alimentándose de los metales y maderas corrompidos por el calor y la humedad.
El barracón de estado mayor era un poco más lujoso que el resto de la base, estaba construido con adobes y tenía un techo de tejas, materiales que se habían subido río arriba desde Puerto San Martín. Entraron en el edificio agradeciendo la sombra. Había un soldado de guardia, un pisahormigas medio adormilado que se cuadró al verlos. Caminaron por pasillos desiertos adornados por lanzas de puntas cubiertas de sangre seca, tocados de plumas, calabazas pintadas, cerbatanas, machetes de aspecto asesino, trabucos medio corroidos por el orín, trofeos todos arrebatados a los indios.
—¿Da usted su permiso?
—Adelante.
El coronel, calvo, tuerto, de anchos hombros, de pie enfrente a la puerta, pulcramente uniformado de la cabeza a los pies —solo le faltaba la capa y el sombrero— le miraba directamente desde las sombras como un Polifemo enfebrecido. Encima de la mesa tenía un Villegas y los útiles de limpieza reglamentarios. Nada más del despacho parecía sucio o fuera de sitio: el quinqué relucía, las sillas tenían el cuero lustrado y engrasado. Se fijó en las botas del coronel; parecían nuevas, no como las del resto de la tropa, que habían perdido su flexibilidad y brillo dos días después de llegar a la selva. Le costó localizar al Maestre, un hombre pequeño, vestido de negro, sentado en una silla muy cerca de un rincón, fumando en pipa.
—Se presenta el teniente de volateros Avellaneda de Castro.
El ordenanza se retiró en silencio. El coronel le miraba, el Maestre chupaba de la pipa. La voz del coronel era aguda, cortante como un cuchillo. Para aquel hombre no había ocasión de ser flexible ni momento de bajar la guardia.
—Siéntese.
Así lo hizo. El coronel taconeó de un lado a otro sobre la tarima durante largos segundos, mientras el Maestre se limitaba a mirarlo y a chupar su pipa lentamente, hasta que al fin se quitó la cachimba de la boca y se decidió a hablar.
—Bien, teniente, el coronel me ha hablado de usted.
Avellaneda apenas conocía al maestre, jefe de los tres tercios desplegados de la zona norte del río Orinoco, en plena selva. No le gustó su voz, suave, melosa.
Volvió la vista al coronel. Le miraba con rostro impenetrable.
—Y eso no importaría si el trabajo por hacer fuese uno cualquiera, uno más. De hecho no hubiera sido necesario que me desplazase hasta aquí —y el tono del “aquí” olía a desprecio y resignación— para ultimar los preparativos.
Como si lo hubieran ensayado, el coronel se sentó tras la escribanía de palo santo, de frente a Avellaneda, las manos cerca del revólver desmontado, al mismo tiempo que el Maestre se levantaba y daba unos cortos pasos en la tarima encerada acercándose a él. No se erguía más de diez cuartas del suelo, sin embargo tenía el porte de los acostumbrados a mandar, bigotes y barbas poblados, pelo entrecano y largo, los ojos muy azules, desvaídos y con un punto de crueldad en el brillo taimado de las pupilas.
Una última duda lo retuvo con la mano en la pipa, mirándole con intensidad. Avellaneda sostuvo la mirada desde el asiento de cuero y madera. Aún hervía en su sangre la languidez del agualinda. En el fondo de aquel pozo suave, macerado de hierbas y alcohol, había una rabia intensa, aún sin foco, pero que nadaba hacia arriba a grandes brazadas, abriéndose paso en su pecho con cada segundo que miraba aquellos ojos glaciales.
—¡Bien, coronel, hágame los honores!
El coronel, que había mantenido las manos sobre la escribanía, cerca del revólver, como ansioso de terminar de limpiar el arma, las levantó y las unió a la altura de la cara.
—Avellaneda, ¿conoce al padre Olaberría?
—¿Debo conocerlo?
—No necesariamente. Hizo fama en el norte del río Ipabamba, hace diez años, cuando su misión fue asaltada por indígenas y él la defendió en solitario blandiendo un viejo trabuco. Su nombre fue de mentidero en mentidero, dentro de los altos círculos del mando eclesiástico colonial, por su enfrentamiento con el obispo de las provincias transamazónicas, cuando lo nombraron párroco de la iglesia de Santa María de la Guardia, al sur de Cartagena de Indias, un barrio pobre y lleno de indios muertos de hambre. La naturaleza del conflicto era de orden teológico, o al menos eso se dijo, pero se convirtió rápidamente en algo personal, por eso acabó en Paranaibo.
El Paranaibo, todos en los tercios colombianos viejos sabían qué era: el peor agujero en el que a uno podrían dejarlo caer. Había allí un fuerte, apenas una base cercada por la selva, una cárcel sin rejas para los asesinos, los borrachos y los locos que nadie quería en otro sitio. A su alrededor, escondidos, los Ayumara. Solo el nombre producía espanto. Jamás se los había visto más abajo del río Macaraibo, apenas se sabía nada de ellos por encima de esa latitud, sin embargo sus hazañas eran conocidas de todos, acaso aumentadas y corregidas de boca en boca.
—Allí quiso ir a predicar. Sí, como lo oye. Cuando lo echaron de Cartagena, le dejaron elegir cualquier plaza por encima del río Iquitos y eligió crear una nueva en Paranaibo.
El coronel lo miró. El maestre también. Ambos parecían esperar una reacción de Avellaneda que no llegaba. Avellaneda los miraba con indiferencia. Paranaibo, selva, salvajes, sangre, sudor, mosquitos, caimanes, pirañas, arañas, parásitos, calor, y quizá una muerte lenta, cocinado a fuego lento, torturado con astillas de bambú en la polla y bajo las uñas, qué más le daba aquí que allá. Al menos no se consumiría en la inacción, no le comería la sangre el agualinda. Quizá las ladillas que les pegaban las putas indias le echasen de menos si no volvía, pero solo aquellos insectos notarían la ausencia.
—No sabemos casi nada de esa nueva misión. Esta muy arriba del río, en una zona pantanosa de difícil acceso e infestada de ayumaras, los mismos indios que arrasaron Santa Justa, en la misma zona, cinco años atrás.
Avellaneda, indiferente, miró a los dos hombres. Continuó hablando el Maestre.
—Lo curioso es que Olaberría, según los últimos informes, está vivo, la misión prospera, aunque de una manera extraña. Cada vez más gente ha oído hablar de él. Los locos, los que se trastornan por las fiebres o el agualinda, los enfermos y los desahuciados suben el Paranaibo y jamás regresan. La fama de Olaberría y su corte de los milagros se extiende como una inundación —Avellaneda continuó mirando al maestre sin amilanarse por la mirada cínica e intensa del anciano— ¿No tiene nada que decir?
—Sí. ¿Qué tengo que hacer con Olaberría?
El Maestre se apoyó en la mesa sin dejar de mirar al teniente.
—A eso vamos, Avellaneda, a eso vamos.

Partió al día siguiente, con la amanecida, el único momento del día en que la temperatura era agradable. Los carpinteros y aeronautas preparaban las máquinas desde el alba. Reparaban las lonas de los globos de soporte, ajustaban los carburadores de bencina, remendaban las largas palas contrarotatorias, hechas de maderas exóticas por artesanos especializados en la provincia de Cuenca. También engrasaban los rotores, enormes y complejas piezas de metal pavonado, de las que salían largas varillas y cables de control que conducían hasta la cabina, y repasaban la estructura general de aquellos desgarbados aparatos, grandes embrollos de maquinaria como cúmulos de chatarra curiosamente similares, silueteados contra la masa oscura de los árboles y el amanecer morado en el cielo tropical.
Los volateros eran una mezcla del bastidor de un autocoche, un globo aerostático y una máquina agrícola. En la parte delantera tenían una cabina abierta para dos personas, una estructura de vigas de roble chapado a la que se habían asegurado los asientos. En las mismas vigas se sujetaba una caja cuadrada con todos los controles del aparato, un par de palancas principales, y varios pedales y pulsadores que transmitían sus movimientos al motor y los rotores mediante largas varillas sujetas por argollas a las estructura. El motor se había colocado en el techo de la cabina, conectado mediante largas cadenas con los dos rotores, montados al extremo de vigas metálicas a derecha e izquierda del aparato. Justo debajo había una caja de mimbre reforzada por delgadas costillas de madera, dónde viajaban los cuatro soldados de dotación o dos artilleros y sus armas. Atrás estaban los tanques de bencina y una rudimentaria cola hecha de tela y madera. Flotando en el cielo, sujeto por largas riostras, se erguía un enorme tubo apepinado de tela reforzada con costillas metálicas, lleno de un gas muy ligero que se le compraba muy caro a los borgoñeses, pero, sin cuya fuerza ascensional suplementaria, el aparato no hubiera sido capaz de levantarse del suelo.
Pronto, en unos minutos, estaría sobrevolando la selva en uno de aquellos cacharros, rumbo al norte del río Iquitos, zona casi inexplorada, donde los tercios solo se atrevían a avanzar por los ríos y por el aire.
Se sorprendió de ver al coronel al pie de uno de los aparatos. Vestía, en contra de sus costumbres, solo con camisa y pantalones, había dejado el jubón de verano y el sombrero. Se acercó a él, sorprendido, como siempre, de lo bajito que resultaba de pie, y, a pesar de ello, de lo imponente de su figura. Revisaba atentamente el aparato, intentando detectar algún fallo en la compleja maraña de aquella máquina.
—Buenos días, coronel.
—Ah, Avellaneda, buenos días.
—¿Todo correcto?
—Sí, sí, eso parece.
Avellaneda, que transportaba un petate con ropa y algunas armas, lo dejó descansar en el suelo. Les sobresaltó el ruido de alguna alimaña diminuta escurriéndose entre las hierbas. Durante unos instantes los dos contemplaron las evoluciones de los artesanos ajustando componentes, apretando tornillos, comprobando tuberías. El sol crecía rápido en el suelo, la masa boscosa se aclaraba y parecía comenzar a arder en verde.
—Quería decirle algo antes de que se marche.
—Usted dirá coronel.
El coronel lo miró directamente unos segundos, luchando con alguna resistencia interior.
—¿Olaberría?
—Sí.
—Lo conozco, coincidí con él en Cartagena —un nuevo silencio—. Lo que tengo que decirle va a ser breve pero espero que quede entre usted y yo. Esto no es un consejo de su coronel, ¿de acuerdo?
—De acuerdo.
—Mátelo en cuanto lo tenga a tiro, no hable con él, no entre en polémica, no le dé oportunidad.
Avellaneda guardó silencio, como esperando una explicación, argumentos, alguna experiencia personal que avalase aquel consejo en contra de una orden directa del Maestre. No hubo tal, el coronel le dio la mano y, dando media vuelta, caminó hacia el barracón principal. Avellaneda lo miró marcharse. Por un instante, mientras la luz se intensificada, el cielo se lavaba y comenzaba a brillar en un azul límpido y los múltiples aromas de la selva, sacudida por la fuerza del sol, evaporaban la humedad nocturna, se creyó presa de un sueño de ayahuasca. Aquel hombre que se alejaba de él, era una figura mítica, el hombre astado que corría por el bosque huyendo, salvaguardando su sabiduría con él. Sacudió la cabeza y despertó cuando el motor del volatero comenzó a toser y al fin arrancó. Los pilotos y el artesano mecánico tripulante ya estaban allí, y procedían a subir a bordo. Les saludó y montó en la cabina de mimbre trasera. Transcurrieron unos minutos hasta que el motor se calentó y estabilizó sus revoluciones. El piloto dio orden de soltar amarras y el aparato se sacudió un poco. Aceleró y cuando las revoluciones del motor aumentaron caló el paso de las aspas con un suave movimiento de la mano izquierda. Aquella frágil máquina comenzó a temblar y a elevarse del suelo. Pronto la velocidad ascensional creció, atravesaron capas de bruma y la selva, verde intensa, aún contaminada de noche, se extendió a sus pies como una compleja alfombra tejida sin dibujo aparente. Enormes buitres comenzaban a extender las alas y a aletear en las ramas más altas, mientras bandadas de pájaros multicolores alzaban el vuelo. Avellaneda contempló el campamento desde el aire, unos diminutos barracones sobre un inverosímil claro de tierra marrón cercado por una inmensidad de vegetación. Pronto el volatero giró y el reflejo del sol en el río le deslumbró. Avellaneda tuvo, durante unos instantes, los ojos cegados por un fulgor de oro, de esmeralda y azul turquesa que le obligaron a cerrar los párpados. Se estaba bien así, sintiendo sobre la piel el calor del sol de la mañana aún no demasiado fuerte. La placidez le duró lo que tardó en volver a abrir los ojos. La selva continuaba allá abajo, infinita, imperturbable.
Cinco horas después el volatero aterrizaba en el último campamento en el interior del Amazonas, Utupamba. Ya habían dejado atrás Iquitos, la pequeña ciudad allá justo cuando el río perdía sus riberas y se difundía en la selva en un pantanal sin límites. La base ocupaba una extensión rocosa en el pantano, apenas un pedazo de pista, algunos galpones de chapa y dos barracones desvencijados.
El piloto se despidió de él. Sin apagar el motor, cargó bencina y se elevó de regreso. Miró al cielo, en menos de media hora llovería. Las nubes, grandes como montañas blancas, ya se acumulaban en el cielo. Avellaneda caminó hacia los edificios saludando con leves gestos a los artesanos que trabajaban o descansaban a la sombra. Los uniformes no conservaban apenas botones, estaban sucios y desgarrados. Los ojos de los hombres y de sus barraganas indias lo miraban sin ver, ofuscados de agualinda.
Entró en el único barracón de la base y recorrió el pasillo de maderas rotas, buscando el despacho del comandante al cargo. Era un teniente, como él mismo. Avellaneda lo contempló desde la puerta tendido en una hamaca, chupando agualinda de un jarro de barro con una caña. Estaba medio desnudo, el vientre, prominente, velludo y tostado por el sol, oscilaba con una respiración pesada. A sus pies, dos perros pequeños y un niño, interrumpieron su juego y lo miraron con curiosidad. Lo único que diferenciaba aquella estancia de un galpón indio era un armario atestado de papeles, una escribanía y un armero lleno de fusiles oxidados.
Le puso los papeles delante. El teniente tenía una expresión de hastío infinito, le costaba tensar los músculos de la cara para componer una expresión hostil, amigable, cualquiera; la cara tan solo era una masa de carne fofa, de ojos como bolas de cristal astillado, barba crecida y regueros de sudor y saliva corriéndole hasta el pecho.
—¿Qué ha hecho?
—Cumplir órdenes.
—Sí, a veces por cumplir órdenes, y solo órdenes, mandan a gente aquí, sí.
Volvió a chupar de la pipa, como si ya no hubiera más que hablar en todo el día.
—Necesito dos hombres que conozcan la zona y una canoa pertrechada.
Solo entonces hizo el esfuerzo de leer el papel que había caído sobre su tripa voluminosa y se empapaba con el líquido que, inadvertidamente, dejaba caer del recipiente que sostenía con la mano derecha. Al leerlo, una sonrisa le curvó el rostro dejando ver unos dientes ennegrecidos, completamente arruinados.
—No tengo canoas de sobra, los indios las han robado. Y tampoco puedo prescindir de nadie.
Sin dejar de mirarle ni un segundo, le sostuvo la mirada, lánguida, sin intención, sin expresión. Luego, de un tajo rápido como la picadura de una serpiente, cortó la cuerda de la hamaca. El cuerpo cayó pesadamente sobre los perros y el niño. El teniente se retorcía maldiciendo entre los restos de la hamaca. Los perros huyeron aullando al tiempo que el niño lloraba asustado.
—No voy a discutir con nadie mientras esté aquí. Es mejor así. No me importa morir, pero tenga de seguro que me llevaré unos cuantos de los hijos de puta que se pudren en este agujero antes que puedan acabar conmigo. Elija tan solo el camino más fácil.
Salió del barracón a grandes zancadas. No le fue difícil localizar un barril de agua limpia, recogida de las lluvias. Bebió largamente de él, dejando que el agua le chorrease de la boca. Tenía un sabor amargo debido a las hierbas que habían echado para evitar que criase parásitos. Cuando terminó de beber, tenía la camisa empapada. En la orilla del río había tres canoas, una desfondada y otras dos en buen uso. Una de ellas tenía un motor de eje largo. Extrajo de su petate una garrafa de media arroba de rioja, y la exhibió en alto. Desde las sombras, entre los árboles, ojos ocultos le miraron con curiosidad. Destapó la jarra y bebió de ella.
Esperó sentado al lado de la canoa mientras en el cielo las nubes se acumulaban y el calor crecía, volviéndose agobiante por momentos. Nubes grises primero, y luego negras cubrieron la selva. Un viento frío sopló sobre el río agitando los árboles. Los monos dejaron de aullar y los pájaros buscaron refugio. Los pocos hombres que no estaban a cubierto se guarecieron al primer trueno. Avellaneda permaneció al lado de la canoa, la mano presta a alcanzar el revólver. Las gotas, gruesas, pesadas, comenzaron a caer como disparos en la hojarasca. Al poco no podía ver más allá de su mano extendida. Estaba completamente empapado. Rayos y truenos partían el cielo oscurecido mientras el río hervía a borbotones. En ese momento alguien llegó hasta el embarcadero. No vio su cara hasta que estuvo muy cerca. Era un hombre barbado, con una cicatriz que le cruzaba una mejilla y vaciaba un ojo, de labios delicados, medio calvo y mal vestido con los restos de un uniforme de cabo. Se miraron unos instantes.
—Miguel Calahorra.
—Diego Avellaneda.
—Vamos.
Avellaneda miró al campamento, no vio a nadie, pero supuso que estarían espiando desde los cobertizos y entechados, quizá preguntándose quién de ellos se había atrevido a navegar por el pantanal en busca de Olaberría. Miguel cargó la canoa con tres paquetes. Se movía rápido, no parecía empachado de agualinda, al contrario, sus gestos eran furiosos, precisos y rápidos. Quizá él mismo necesitará de poner agua por medio, salir del campamento por algún tiempo. A Avellaneda no le importaba, lo único que deseaba era encontrar a Olaberría y partir de vuelta a España.
Echaron la larga canoa al agua. Tras Avellaneda, Miguel saltó abordo y tomó la caña del timón. No encendió el pequeño motor de hulla, con aquel aguacero hubiera sido imposible, simplemente dejó a la embarcación ser arrastrada por la corriente
Avellaneda se caló el sombrero, gesto inútil por que estaba completamente empapado. En el río, el agua se movía en corrientes y remolinos violentos chocando contra los costados de la piragua. Era difícil distinguir entre cielo, río y canoa. La lluvia formaba una especie de niebla gris en la que se ocultaban las formas enormes y oscuras de los árboles. Pasaban entre ellas, esquivando las raíces y los troncos caídos. Por un momento le parecieron los huesos de cadáveres gigantes, pudriéndose en el agua corrompida. Navegaron entre las costillas deshuesadas y marrones de un pecho destrozado por una bombarda cerca de Konisberg, la cabeza hendida por una pica en Maelmstream y las piernas arrancadas por una explosión en medio de una carretera sin nombre. Su memoria era un campo de cadáveres, imágenes de las muchas guerras en que había combatido, regurgitada allí, en la selva, en aquel cementerio cuajado de agua y de vida.
Dejó de llover tan bruscamente como había comenzado. Las nubes se abrieron y el sol brilló aún alto en el cielo. Quedaban dos o tres horas de luz, suficiente para secarles a ellos y a la selva.
—Haremos noche a mitad de camino.
—Bien. ¿Y los indios?
—Con suerte no nos verán. Y si nos ven y adivinan que vamos a ver al padre blanco, nos dejarán pasar.
— ¿Padre blanco?
—Olaberría, por aquí lo llaman así.
Miguel arrancó el motorcillo. La máquina, sorprendentemente después del aguacero, tosió y comenzó a petardear y a impulsar la canoa con fuerza río arriba.
—No tiene miedo de Olaberría o de los indios.
Miguel le miró brevemente desviando la vista del río y luego escupió por la borda. Sin dejar de mirar hacia dónde se movía la embarcación, se levantó la camisa y le enseñó a Avellaneda el pecho. Estaba marcado de erupciones secas, gruesas costras de color negro parecidas a enormes quemaduras supurantes, que se extendían e intensificaban hacia la cintura.
—Hace meses que unos hongos se me comen por dentro y por fuera, soy un Ahjuca-lupoa porque estoy marcado por una enfermedad sagrada y nadie puede tocarme antes de que el achapakama salga del río y me coma. No, no tengo miedo, no de los indios al menos.
Miguel saco un cuchilllo de la bota y, sin la menor vacilación, lo usó para sajar un grueso tumor que le sobresalía del costado. Compuso un gesto de dolor, limpió la sangre y el pus desbordado y usó un emplasto de hierbas que sacó de su morral para contener la pequeña hemorragia.
Avellaneda no dijo nada. No había pensado mucho ni en los indios, ni en Olaberría y las herejías que practicaba en su misión dejada de la mano de Dios, y entonces era ya tarde para lamentaciones y cálculos. La noche se les echó encima enseguida. Como si alguien hubiese cerrado la puerta de un enorme horno, el sol se apagó tras la masa de árboles y una oscuridad sin luna, tejida de sombras, gritos y susurros, asfixió a la selva hasta volverla una masa indefinida de negrura.
Se detuvieron cuando comenzaba a anochecer. Momentos antes, Miguel había conducido la canoa a un remanso del río, entre dos grandes troncos de árbol que se tendían sobre el agua, a la orilla de un claro de hierba frondosa. Amarró la canoa y, tomando uno de los petates, se internó en la pequeña pradera. Avellaneda tomó el otro y lo siguió. Se fijo mejor en aquel claro extraño. No lo había advertido pero había restos de construcciones, vigas podridas y cubierta de maleza, piedra y adobe requemados, cimientos derruidos.
— ¿Vamos a dormir aquí?
—Sí, es el sitio más seguro. Aquí los indios no cazan, dicen que aquí solo tienen permitido cazar los muertos.
Los muertos, así parecía. Avellaneda distinguió las construcciones a la luz vacilante de un fanal que encendió Miguel. El soldado se movía de aquí para allá, deteniéndose a veces para pensar y mirar en derredor. Parecía buscar algo y al fin se agachó y tiró de una trampilla cubierta de vegetación.
—La puta… está lleno de serpientes.
Con cuidado tiró de una cuerda que estaba atada a la trampilla y subió hasta el suelo una garrafa en la que había enroscadas dos o tres serpientes negruzcas, medio adormiladas. Miguel las quitó con el mango del cuchillo y con la garrafa bajo el brazo se dirigió resueltamente hacia una de las casas derruidas. Tenía esta una plataforma de madera a medias sostenida por los muros derruidos y los árboles circundantes. No parecía en mal estado, era un refugio mantenido en buenas condiciones por Miguel u otros. Tardaron poco en instalar las hamacas y en encender un pequeño fuego sobre una piedra plana que había en mitad de la plataforma. Miguel sirvió un poco de yute seco, pan y tiras de jamón. Bebió mucho, con prisa, de la garrafa que había desenterrado. Avellaneda no le acompañó. Al poco el cabo estaba completamente borracho, apenas lograba mantenerse erguido.
—Los… fantasmas, ya los veo. Siempre están aquí, siempre, esperando. No sé qué cojones esperan los cabrones. Están muertos y yo vivo, aún, yo, Miguel… el elegido, el Ahjuca-lupoa.
Miguel, incapaz de seguir bebiendo y aún lo suficientemente sobrio para no caer inconsciente, se mantenía en un equilibrio precario, tambaleándose, mirando con ojos vidriosos al exterior de la plataforma. A través de la camisa abierta, se apreciaban grandes continentes de carne negruzca. El hedor a podredumbre que emanaba del cabo se mezclaba con los diversos aromas a humedad y corrupción que saturaban la selva.
Miró a su alrededor. La luna había salido tras la masa de árboles e iluminaba el claro. A su luz blanquecina, las masas informes de lo que antes habían sido casas y barracones dejaban en evidencia la organización de aquella población: una plaza central rodeada de caserones y cuatro calles que partían de ella flanqueadas por barracones.
— ¿Cómo se llamaba este pueblo?
— ¿Cuál?
—Donde estamos.
Miguel tardó en contestar. Le cambió la expresión, dejó de mirar al exterior y enfocó la mirada sobre Avellaneda.
—No era un pueblo, era una misión, Santa Justa.
Al principio el nombre no le dijo nada. Bebió un poco de vino de su garrafa, despreciando el brebaje que le había ofrecido Miguel. Recordó con esfuerzo. Santa Justa, cuando aún era un joven y quería alistarse para huir de un padre demasiado severo, se comentaba entre niños y adultos el suceso de Santa Justa, una misión completamente arrasada por los indios. Sacerdotes, monjas, soldados, niños, los indios evangelizados, todos habían sido asesinados. Corrían todo tipo de rumores acerca del suceso, que si los habían ahorcado con sus propias tripas, que sí los habían lanzado a pozos llenos de serpientes venenosas, que si se los habían comido… no hubo ninguna explicación oficial, ningún comunicado. Tampoco los periódicos pudieron o quisieron aclarar lo sucedido. Santa Justa se abrió paso en conversaciones de taberna, en los comentarios a la salida de la misa, los héroes de los novelones comentaban a media voz los misteriosos sucesos de Santa Justa, pero nadie sabía qué había pasado en realidad.
— ¿Qué sucedió aquí?
—Nada parecido a lo que contaron.—Miguel bebió de nuevo antes de tomar aire y seguir hablando— Yo era uno de los misioneros enviados aquí, un seglar, claro, mi familia no tenía posibles para mandarme al seminario.
“Lo que contaron… todo mentiras: que habían sido los indios, que habían torturado a los sacerdotes y los habían asesinado por llevar la religión a sus tierras. No, no fue así mal que me pese. Vinimos de más allá de Cartagena, de las misiones en la falda de los montes verdes. Éramos confiados, Dios estaba con nosotros, nuestra misión sagrada era abrirles los ojos a los indios, igual que habíamos hecho con aquellos pobres salvajes de las llanuras. Al menos eso decían los paters. Yo solo ayudaba, era un seglar encargado de organizar las brigadas de trabajo. Comía tres veces al día y con suerte alguna india descarriada venía a calentar mi hamaca las más de las noches. No era mala vida, mejor que en los tercios, a poco que se considere.
Al principio todo fue igual que en las otras misiones. Los indios de esta zona son un atajo de majaderos bobalicones que no han visto un pedazo de acero en su vida. Enseguida vinieron a la misión en busca de regalos —cuentas de vidrio, algunas herramientas— y quedaron encantados por las barbas, los trajes, los mosquetones, las hachas, los barcos a motor, lo de siempre. Y así fue la cosa durante seis meses. Desbrozamos este trozo de selva y vivimos en chamizos hechos de árboles jóvenes. Cuando algunos indios ya fueron habituales, los hicimos trabajar y comenzamos a construir los edificios con piedras, barro y vigas de madera de cuátaro. Incluso vino un arquitecto de Cartagena que hizo unos planos y trajo consigo una cuadrilla de maestros albañiles para iniciar la obra. Ya estábamos preparando el suelo para cavar los cimientos de la iglesia cuando vimos los primeros Ayumara. Una tarde, uno de los padres, al ir a la parte de atrás de un barracón se encontró con cuatro o cinco indios que no eran en absoluto iguales a los otros. Los ayumara son hijos del demonio, altos y delgados, con los ojos tan negros que da miedo mirarlos. Se pintan la cara y el pecho con tierra roja y sebo. Brillan en escarlata, parecen bañados en sangre. Y los dientes… se los liman hasta que quedan puntiagudos, verlos sonreír es como contemplar la sonrisa de un jaguar.
Bueno, el pater Agustino intentó con ellos los rudimentos de la comunicación. Parecían entender todo, pero no cambiaban la expresión, no se alborozaban, tampoco se volvieron agresivos a pesar de que iban armados, ni dieron muestra de miedo o prevención. Solo nos observaban con cara de palo y a veces se decían algunas palabras entre ellos. Al rato, sin previo aviso, dieron media vuelta y desaparecieron en la selva dejando a sus pies los regalos que les habíamos intentado entregar.
No nos dieron buena espina, por ello, en los siguientes encuentros, se dio orden de que siempre los vigilara alguien armado. Así sucedió un tiempo. Venían, nos miraban, parecían comenzar a entender lo que les decían y aprender palabras de español, pero no hablaban, no reían, no aceptaban regalos, nada.
Una tarde, bajo un entoldado, mientras los ayumara miraban los esfuerzos de un fraile por enseñarles algo sobre la cruz, uno de ellos se levantó, tomó una piedra del suelo, y le aplastó el cráneo a uno de sus propios niños. Como te lo cuento, en un momento estaba escuchando al cura, y al siguiente los sesos le chorreaban de la mano. El ayumara se sentó, al lado mismo del cadáver y miró al bueno del padre Claret, que no daba crédito a sus ojos. Cuando se cansaron de verlo gesticular, se levantaron y volvieron a la selva, dejando el niño muerto a los pies del fraile.
“Ese fue solo el principio. Poco a poco, los malditos indios comenzaron a actuar sin previo aviso. Llegaban al campamento en completo silencio. Nadie, ni siquiera los centinelas, los veían u oían. Siempre, noche y día, había ayumaras rondando el campamento, sentados bajo un entoldado, al sol, junto al río, sin hacer nada, sin gesticular, hombres y mujeres, niños y viejos, mirando el ir y venir de unos y otros. Y de vez en cuando, se desataba la violencia. Yo mismo vi como, entre varias mujeres, mataban a mordiscos a una anciana, y como entre varios niños asfixiaban a un hombre adulto a base de meterle orugas vivas, de esas gordas y llenas de púas urticantes, dentro de la boca. A veces no era violencia, solo iniciaban orgías salvajes en las que unos se refocilaban con otros de forma brutal, a veces haciéndose crueles heridas, sin distinción de sexos ni edades.
“Los Ayumara, malditos monstruos. Los monjes no sabían qué hacer. Nunca habían herido a ninguno otro que no fuera ayumara. Casi lo hubiéramos preferido, nos sabíamos a salvo pero habitando un infierno lleno de diablos de ojos negros y piel lustrada de ocre.
“El padre Páez, harto de aquellos salvajismos, dejó de lado su moderación y se decidió a ajusticiar a uno de aquellos asesinos. Colgaron de un árbol a uno al que, con los dientes, le había desgarrado la garganta a una de sus mujeres. No protestó, no dijo una sola palabra, tres meses de contacto y no les habíamos oído hablar nunca. Ni siquiera dijo ay cuando le pusimos la soga al cuello y jalamos de él hasta que se ahogo.
“Tras aquello fue peor, supusieron que ya nos entendíamos, y los crímenes ya no se limitaron a los suyos. El primero en caer fue un monje gordito y medio lelo, de Zaragoza, que se llamaba Juan Pedroza y le llamábamos Juanito. Algunos dicen que se abarraganaba con las indias de la misión, yo creo que no era listo ni para eso.
Tres mujeres Ayumara lo arrastraron a la selva, lo desnudaron y le arrancaron el pene a bocados. Se desangró antes de poder volver a la misión.
Pusimos vigilancia y mandamos llamar a los tercios. Se construyó una empalizada, pero los tercios no acudieron, estaban ocupados en alguna revuelta de las minas. Los indios siguieron viniendo al campamento y cometiendo sus tropelías. Se intentó que no traspasasen la empalizada, pero la escalaban de noche o llegaban nadando por el río.

Miguel se detuvo e irguió la cabeza. Avellaneda le imitó inconscientemente. La noche estaba plagada de sonidos que eran todo menos tranquilizadores, pero el teniente sabía que no era ese un indicador de peligro, sino todo lo contrario, el silencio que antecede al ataque de un jaguar. Ambos se tranquilizaron bebiendo de sus respectivas garrafas.
— ¡Malditos cabrones, hijos del demonio, malditos sean mil veces ellos y sus hijos!. El padre Páez, que nunca había sido severo en exceso, enloqueció y comenzó a castigar a los indios, primero a los que cogíamos en delito, luego a todos los que veía. A unos los embadurno en miel y dejo que se los comiesen vivos las hormigas, a las mujeres las empaló, a los niños los freía en aceite. No fue así desde el primer día, primero los ahorcábamos, luego, al ver que no surtía efecto, el padre Páez dijo de azotarlos antes, luego romperles los brazos, después las piernas, destriparlos, arrancarles los dientes. En vano, todo en vano, los indios seguían viniendo y ya no se sabía quién mataba más, quién con más crueldad, ellos o nosotros.
“Yo hacía tiempo que había decidido irme. Guardaba en un escondrijo, provisiones y un arcabuz. Sabía que aquello no iba a acabar bien, pero la noche antes de que me marchara vinieron los indios en número tal que nada pudimos hacer. A la mañana estábamos todos maniatados, en el suelo, a pleno sol, mientras los ayumara, por primera vez desde que los habíamos conocido, cantaban, saltaban emplumados y más pintarrajeados que nunca. Ni que decir tiene que no nos las prometíamos muy felices. Los muy cabrones estaban celebrando algo. Uno a uno nos cogieron de los pelos y fueron dándonos tormento y muerte de formas variadas, tantas y tan horribles que he procurado olvidarlas.
Miguel volvió a beber y pareció perder el interés por continuar el relato. Avellaneda miró al exterior de la plataforma, a la oscuridad profunda entre bultos dónde se habían desarrollado las escenas que había escuchado. Sin saber por qué, no le extrañó. En sus dos años en la selva, había tenido su ración de sangre, había visto aldeas enteras arder, indios rebeldes fusilados a cientos, mujeres pasadas de mano en mano hasta la muerte. De algún modo todo aquello allí, lejos de España, parecía normal, parte del paisaje. Lo raro era mantener la cordura, acordarse de ir a misa, vestir de acuerdo al reglamento y no beber ni fumar hierbas. Muchos lo intentaban y luego era peor. Comportándose así la cordura no les duraba ni un mes. Luego, en una pelea de taberna mataban a diez de sus compañeros con los puños desnudos, o entraban en una aldea con un machete en la mano y no dejaban títere con cabeza.
Los ayumara habían nacido allí, ¿por qué habría de extrañarles que fueran así en vez de sumisos y estúpidos como el resto de los indios?
—A mí me salvaron los hongos durante un tiempo, y no para bien, no para bien. Ellos lo sabían, yo no, pero ellos sabían que estaba infectado. Me desataron y me dejaron ir en una piragua.
Avellaneda imaginó que la enfermedad que corroía al soldado no le dejaría vivir mucho más. Siguió bebiendo hasta que la pequeña luz de las luciérnagas y las fosforescencias nocturnas de la selva se le emborronaron, hasta que apenas podía mantenerse erguido y el estómago protestaba y se retorcía. Bebió hasta que la historia de Miguel, la selva, su misión, y también su nombre y su regreso a España no fueron más importantes que el malestar que se le manifestaba violento en el estómago. Vomitó por encima de la plataforma y se dejó caer sobre ella, inconsciente.
La mañana les taladró los párpados con lanzas de luz. El mundo era un continuo tapiz de brillos dorados y rasgos verdes. Avellaneda tenía la boca seca y el cuerpo entumecido. Con un esfuerzo consiguió erguirse y enfocar la vista. Un pequeño fuego ardía en la piedra usada como hogar y sobre él se calentaba y humeaba un pote metálico. Miguel no estaba en la plataforma. Con dificultad, se sentó erguido, al lado del fuego. La cabeza le latía con cada oscilación de la luz. Sentía la presión del cerebro contra el cráneo, hinchado por la resaca, y poco podía hacer más que cerrar los ojos y apretárselos contra los puños. Cuando volvió a abrirlos vio a Miguel delante suyo, aparentemente tan lúcido como la noche anterior antes de que comenzara a beber. Tomó un cacillo metálico y lo sumergió en el pote hasta llenarlo.
—Beba.
Avellaneda se lo llevó a los labios. Era muy amargo, pero le despejó casi al instante.
—¿Qué es?
—Hierbas de los indios.
Miguel tomó el pote y tiró el resto de su contenido al suelo. Comieron algunas tiras de carne seca con pan de doble cocción y agua fresca que Miguel había traído de un manantial cercano y bajaron al río para reanudar la marcha.
La mañana era luminosa. Les rodeaba, en el avance río arriba, una bóveda formada a medias de luz tamizada, hojas, y cientos de pequeños gritos, alaridos y cantos. Todo parecía arder en una vida intensa e incontrolable, un tejido denso y entrecruzado que ellos horadaban con el zumbido constante del pequeño motor de hulla que los impulsaba.
Miguel no parecía tener ganas de hablar, toda su labia se había consumido la noche anterior. Ahora parecía estar todo dicho entre ellos, solo dirigía con mano experta la piragua esquivando troncos, haciéndola deslizar sobre bancos de arena y esquivando rocas hundidas.
Solo se detuvieron brevemente al mediodía. Miguel pescó unos peces de dientes puntiagudos usando una tira de carne seca como cebo. Asados en la ribera del río le fueron muy suculentos a Avellaneda. Sabía que no quedaba mucho, antes del atardecer llegarían a la misión de Paranaibo, también llamado San Juan de Iquitos, el segundo intento de colonizar aquella zona tras el desastre de la misión de Santa Justa, el destino de su misión.
Cuidando de ocultarse de Miguel, Avellaneda revisó el estado de su revólver Villegas, perfectamente aceitado y sin mancha de óxido dentro de su funda. Solo entonces, tras dos días de viaje, mientras los dedos entrenados palpaban las cachas de cuerno del arma y verificaban la suavidad del gatillo y el percutor, comenzó a sentir inquietud por lo que sucedería. No le había importado mucho pilotar decenas de misiones sobre la selva, entre nubes de balas y flechas, ni asistir a la lenta degradación que le estaba causando el agualinda en su organismo, pero, mientras comía de aquellos peces carnívoros, sintió una punzada de lo que solo podía llamar miedo. Imaginó, sin mucho esfuerzo, las escenas que Miguel le había descrito la noche anterior. Había algo que se le escapa, algo que quizá tenía que ver con aquella zona de la selva, más en el corazón de las tinieblas verdes que en ningún otro sitio que hubiera estado antes. Hizo memoria: primero había sido un soldado del imperio que tomaba posesión de territorios; luego solo una máquina, unido a su volatero, una pieza más que accionaba mecanismos, sin vida y consciencia. Ahora se sentía extranjero, dentro de un mundo que no conocía. Los velos de la doctrina y de su educación habían caído y parecía mirar a la selva que les rodeaba como algo nuevo, diferente, tan lejano a toda su experiencia anterior que había necesitado casi dos años para comenzar a aprehender aquello que aún se le escapaba en el filo de un sentimiento incipiente.
El río parecía interminable. La tarde también. Las ondas de agua verdosa, satinadas de la poca luz que cruzaba la bóveda verde, parecían esculturas de jade llenas de curvas, en las que la vista resbalaba con molicie, adormeciéndolo. Avellaneda durmió una larga siesta, cubierta la cara por el sombrero de paja, mientras la piragua ascendía monótonamente el río Iquitos.
Le despertó el ruido de un trueno. El cielo se había ennegrecido en cuestión de minutos. Miguel se colocó, a toda prisa, un sobretodo embreado. Avellaneda sintió el viento de la tormenta agitar las copas de los árboles. Había un olor dulzón y fresco en el aire. La selva parecía encogerse ante la magnitud de la tormenta que se avecinaba. El cielo tardó poco en confirmar sus temores. Llovió de repente, sin más avisos, como si en el cielo hubiesen abierto una inmensa compuerta. El río hervía y las gotas de agua densa y caliente, le golpearon con crueldad la piel. La selva había desaparecido tragada por el agua. Un chasquido descomunal y un resplandor cegador llenaron el universo que antes había estado saturado únicamente de agua. Algo había golpeado a un inmenso árbol, en la ribera de la derecha, partiéndolo de arriba a abajo. El tronco calló en el río levantando una ola de agua. Avellaneda se agarró a la borda para no caer a las agitadas aguas mientras los oídos le pitaban. No podía ver a Miguel, pero se dio cuenta de que la embarcación se movía sin dirección. Giraba sin control, arrastrada por los remolinos y la corriente. Con dificultad se desplazó a la popa. Ni rastro del cabo. Aferró la caña del timón intentando estabilizar la piragua mientras escudriñaba el agua a su alrededor.
—¡Miguel!
Agua, en el cielo, en el río, en los ojos. Encaró la proa a la corriente y dejó que el pequeño motorcillo, que soportaba el temporal estoicamente, mantuviese estable la embarcación. Siguió lloviendo largo rato, tanto que Avellaneda creía que duraría para siempre. En todo ese tiempo no tuvo ni un indicio de lo que le había sucedido a Miguel.
Tan bruscamente como había comenzado a llover, las nubes de tormenta, agotadas, se desgajaron en grandes cúmulos globosos que el viento deshilachaba velozmente. Quedaba poca luz en el cielo. El sol agonizaba en el horizonte, llenando de su sangre roja y dorada, toda la capa de nubes rotas. Avellaneda recorrió con la piragua las riberas cercanas sin dejar de gritar, buscando un cadáver, una prenda, alguna señal. No encontró nada.
Sin saber muy bien que hacer, en pleno crepúsculo, se decidió a seguir avanzando río arriba. La selva relucía húmeda, no escuchaba el reír de los monos, ni los gritos de cientos de pájaros que volaban al atardecer. La tormenta había hecho enmudecer al mundo con la furia de su voz. Numerosos árboles aparecían rotos, desgajados como por manotazos de gigantes. Durante un instante pensó que no podría haber escogido peor momento para llegar a la misión de Olaberría. Justo tras el siguiente recodo del río, le sorprendió un puente tejido con lianas y maderas, que cruzaba el río de lado a lado. Sujetas a las cuerdas había dos cruces toscas, de madera. Paso bajo el puente despacio. No había mucha luz ya, pero le pareció ver un par de criaturas pequeñas, crías de mono quizá, crucificadas y pudriéndose en las cruces. Algo se le removió dentro del estómago al ver aquellos emblemas.
Cien metros más arriba, a la orilla del río, crecía la misión de Paranaibo. Por una casualidad del destino, en ese momento el sol se ponía por el oeste, la misma dirección que llevaba el río. Una hinchada masa de sangre coagulada se sumergía en el agua, bañándolo todo de un resplandor rojo ceniza. Las pieles de los hombres y mujeres, indios, mestizos y blancos, que lo miraban, eran las de rojos demonios de pelo largo y ojos brillantes. Las cabañas, las empalizadas, las casa sobre pilotes y los puentes, plazoletas, malecones y barracones que formaban la misión, ardían en tonos carmesí oscuros, como si hubieran sido pintados con sangre y esta se hubiese secado y encostrado sobre todas las superficies.
Apagó el motor y dejó deslizarse a la embarcación hacia el malecón. Nadie se movía, no había un sólo ruido. Lo miraba acercarse un hombre vestido con una sotana negra como la noche. Tenía poco pelo y los mechones que le restaban le crecían alborotadamente por la coronilla y se le fundían con una barba feraz, medio cana. El gesto era desaforado, las pobladas cejas fruncidas y los ojos muy abiertos, muy blancos, tan azules que apenas eran visibles los iris. Aquel hombre abrió dos brazos poderosos como aspas de molino y le habló con una voz de tenor, tranquila, contenida, sin ápice alguno de hostilidad ni de calor.
—Bienvenido a Paranaibo, tú que llegas en alas de la tormenta.
Un indio y una mujer blanca y joven a la que le faltaba un brazo, tomaron la piragua y a la acercaron al malecón. Nadie hablaba, solo se escuchaba el fluir del río y el goteo incesante de la selva sacudiéndose el agua de los lomos vegetales. Olaberría le hizo un gesto amplio y comenzó a andar. Avellaneda le siguió.
—Esto es nuestro pequeño logro, arrebatado a la selva, la plaza, la iglesia, los barracones, el almacén y el hospital, todo construido y atendido por los fieles.
—Vengo…
—No, por favor, ya habrá tiempo esta noche durante la cena, ahora descanse un rato y después ya habrá tiempo de formalidades.
Olaberría le condujo a un barracón construido con vigas y adobes. Era un edificio muy sólido, tenía un tejado de hierba y era fresco y cómodo. No parecía haber tabiques de separación, como era costumbre en la selva, tan solo mamparas de caña y hierbas tejidas. Olaberría le indicó que pasase a una de aquellas estancias de suelo de madera cepillada. Había en ella una hamaca, agua fresca en una jofaina, jabón y toalla. En cuanto le hubo indicado, Olaberría desplazó su corpachón con agilidad sobre las tablas del piso y desapareció sin dejar rastro. Avellaneda escuchó con atención. Parecía estar solo en todo el edificio. Muy despacio, recorrió el pasillo. Todas las habitaciones estaban impolutas, preparadas e igual manera y vacías, como esperando la llegada de más visitantes. Volvió a su habitación sin saber muy bien qué pensar. Apenas quedaba luz. Encendió un quinqué, se lavó la cara y el torso con agua y jabón y luego volvió a vestirse la camisa y el chaleco de cuero del uniforme. No olvidó la pistolera y el villegas cargado antes de buscar de nuevo la salida. En la puerta le esperaba un indio pequeño, arrugado como una pasa y cojo de una pierna. Sin gestos, sin indicarle nada, le miró y luego comenzó a andar. Avellaneda le siguió. En la misión había muchos indios deambulando de aquí para allá. Ninguno hablaba, no se escuchaban risas, ni los gritos de los niños. Alguna luz de fogata iluminaba rincones aislados de la gran masa grisácea en que se habían convertido los edificios. En el cielo quedaban restos de luz morada que rápidamente se fundían en un azul profundo en el que comenzaban a brillar algunas estrellas.
No había nada muy diferente a otras misiones, a otros campamentos militares. Hombres, mujeres y niños vestidos con sayas de tela basta realizaban tareas diversas. Tan solo los ayumara desentonaban, hombres, mujeres y niños silenciosos como sombras, de piel pintada y ojos sin pudor, sin curiosidad, animados de un brillo que Avellaneda no abarcaba.
El anciano lo condujo hasta una casa mayor que las otras, al lado de la iglesia, de la que solo se adivinaba una torre no muy alta y la cruz en el tejado. Avellaneda se detuvo en el umbral. La mano se le fue a la masa metálica del revólver que tenía atado a la cintura. Observar, ver qué sucedía en la misión, pero sin violencia. Se sentía impelido a tomar aquel revólver y entrar engatillándolo, a moverse de habitación en habitación disaparando a todo aquello que se moviese. Tenía seis balas en el tambor y cincuenta más en la cartuchera. Posiblemente lo matasen antes de acabarlas, pero así todo terminaría, se dejaría llevar de una vez por todas al centro negro y podrido de aquella selva que llevaba meses royéndole el alma.
Sin embargo alejó la mano del arma y caminó hasta el interior del barracón. Allí había más luz, ardían velas de sebo en una mesa de madera muy oscura, apenas desbastada y sujeta por troncos unidos por lianas. Encima de la mesa había diversos cuencos con alimentos. Sentado en una silla de tijera hecha de cañas y hojas entretejidas, le esperaba Olaberría.
Había abiertas varias puertas por las que entraba el frescor de la noche tras la tormenta. El aire hizo oscilar las llamas de las velas, pero el brillo cambiante no le hizo descubrir a nadie más en los rincones oscuros de la sala.
—Pase, siéntese y coma algo.
Se sentó en la única silla libre del pequeño pabellón. Reconoció algunos de los diversos guisos casi antes por el olor que por su aspecto: zumo de mango, tapioca, maíz, mandioca, todo guisado y envuelto en hojas de plantas, aderezado con especias fuertes y acompañado por carne de desconocido origen, bien de mono, de cerdo o pantera, a Avellaneda le dio igual. El sacerdote parecía muy ocupado preparándose un plato con ingredientes variados sobre una hoja de tamaño descomunal. Avellaneda, aun sin empezar a comer, no podía dejar de mirar como aquel hombre, los ojos escondidos por la sombra de las inmensas cejas, murmuraba para sí mientras desgajaba pedazos de carne y acumulaba mandioca hervida con dos manos largas y delicadas, manos de clavecinista, totalmente fuera de lugar en aquel cuerpo de anchas espaldas. Olaberría levantó la vista y lo miró como si no existiese, como si la mesa, la comida, la casa que los contenía, todo fuese transparente, y mirase a un cielo y un horizonte que nadie más podía ver. Al fin, la mirada perdió transparencia y le cambió el gesto a un esbozo de sonrisa oculto por la barba.
—Coma usted algo, por favor.
Avellaneda se sirvió abundantemente, descubrió tras el primer bocado que estaba muy hambriento. El zumo había sido fermentado y contenía algo de alcohol, era refrescante, sabroso y abundante. Tras el tercer vaso se desabrochó la camisa y asumió que aquello era una comilona como pocas había disfrutado en su estancia en la selva. Olaberría le acompañó todo el trecho en que Avellaneda estuvo comiendo y bebiendo sin dar signos de querer hablar o de desfallecer. Al final, el soldado no pudo más y se dejó caer hacia atrás de la silla, rendido. El alcohol le cosquilleaba la consciencia adormeciéndole. Olaberría había dejado de comer también, bebía zumo directamente de la jarra.
—¿Ya lo ha dejado? ¿Está ahíto? Bebe usted poco, no hace honor a los tercios.
Sin que Olaberría hiciera gesto alguno, varios hombres salieron de las sombras. Avellanada hizo gesto de ir por el revólver, pero brazos morenos y fuertes le sujetaron a la silla con la fuerza de grilletes.
— ¡Soltadme perros!
—Ahí está la diferencia, teniente…
—¿Qué quiere de mí?
—Tan solo enseñarle, instruirle. Es tan difícil entender mi misión para alguien como usted que las palabras no valen, no son suficientes.
Le echaron la cabeza hacia atrás, dejándole la garganta expuesta. Avellaneda se retorció y debatió contra sus captores. Iba a morir allí mismo, no en España, ni siquiera peleando a bordo de un volatero, lo iban a degollar como a un cerdo en matanza. Pero aquel no era su momento. Un hombre de su misma edad, pero que tenía media cara quemada, tomó la jarra de zumo fermentado y, mientras los otros le abrían las mandíbulas, se la vertió en la boca. Avellaneda se esforzó por respirar, por no tragar el líquido, mucho del cuál se le derramó sobre el pecho. La mayor parte bajó por su esófago hasta asentarse en el ya repleto estómago. Cuando se terminó, relajaron la presión que ejercían sobre la cabeza. Tosió y se debatió, al borde del colapso. Se sentía tan lleno que se creía próximo a explotar.
—El límite, las percepciones de las fronteras. Para nosotros, hombres civilizados, los límites están muy cerca, aquí mismo, tras solo un pequeño paso en el camino del dolor y del placer…
Repitieron el procedimiento dos veces más. Avellaneda apenas tenía fuerzas. Sentía el estómago tenso, desagradablemente repleto. Retortijones de dolor le acalambraban el vientre. Los indios ya no luchaban contra él, solo lo sujetaban. El alcohol le impedía fijar con claridad la vista. Sin embargo pudo ver como Olaberría se acercaba hasta la mesa y ponía la palma de la mano derecha sobre una vela. La carne quemada comenzó a oler casi enseguida. Avellaneda logró enfocar la vista y ver los goterones de sudor resbalando por la frente del religioso.
—Sin embargo, ese no es el camino. Ellos me enseñaron. Los ayumara han caminado hasta las mismas fronteras del éxtasis, viven en la naturaleza apurándola hasta las heces. Conocen las puertas del cielo y del infierno y las han traspasado para descubrir que son las cancelas del mismo reino.
En ese momento Avellaneda se dobló roto por un calambre que le retorcía el vientre. Vomitó sobre el piso hasta creerse vuelto del revés. Los indios lo sujetaron, impidiéndole caer sobre sus propios vómitos. Luego perdió la consciencia completamente borracho.
Despertó muchas horas después, desnudo, tendido sobre tierra fresca. Se incorporó con dificultad. Olía a humedad, estaba rodeado de paredes de tierra llenas de raicillas e insectos. Muy arriba, una tela cubría la boca del pozo y tamizaba la luz del sol. Se levantó sintiendo cada músculo del cuerpo dolorido, y la cabeza embotada. La leve luz le molestaba de tal modo que prefirió cerrar los ojos durante unos instantes mientras apoyaba la espalda contra la pared de su prisión. Las ideas le cruzaban el pensamiento como flechas lanzadas desde un desconocido origen. La entrevista con el coronel, el viaje, Miguel, Olaberría y los misioneros. Abrió los ojos con el corazón desbocado. Aún tenía en la memoria sus caras tiesas, los ojos muy negros, los cuerpos enjutos y fuertes, pintados de color rojo, las manos que se acumulaban sobre él. Estaba preso de aquellos locos y de Olaberría. Por un momento el pánico le hizo arañar las paredes, olvidó la resaca, los músculos doloridos e intentó trepar pozo arriba, sin conseguir más que ensangrentarse las manos. Angustiado se dejó caer al suelo. Adormecido, paralizado de terror, dejó pasar el tiempo acurrucado en un rincón hasta que alguien destapó la tela que cubría la boca del túnel e hizo descender una jarra con agua. Descubrió que estaba sediento, sentía la lengua seca, como un pedazo de tela entre los dientes. Fue solo tras el primer trago cuando descubrió que el agua era salobre. La escupió asqueado.
—Teniente —Era Olaberría— en la privación y en la abundancia es donde nos acercamos a Dios, que habita los dulces prados del éxtasis. No lo entiende aún, pero lo comprenderá, como yo lo hice. Ellos me enseñaron. Vine aquí como misionero y la verdad me la brindaron los ayumara. Yo estuve en este mismo pozo una semana, aprendí a no comer ni beber durante días y luego a disponer de carne y bebida en cantidades monstruosas. Las indias bajaban desnudas y aceitadas hasta el pozo y allí me torturaban o yo lo hacía con ellas. Y en los peores y los mejores momentos, vi muy ceca mío, el rostro del creador, sonriéndome.
—Sáqueme de aquí, Olaberría, por caridad.
El sacerdote volvió a tapar el pozo.
Transcurrieron largas horas en las que la sed comenzó a ser la única entidad en aquel pozo olvidado. Avellaneda, su memoria, la misión, la entidad física de su cuerpo encerrado en la piel cuarteada desapareció consumida por una única sensación agobiante, una sed abrasadora que nacía de los propios huesos y le corría por las venas, llenas de sangre lenta y espesa, hasta que su existencia se convirtió en un río de minutos secos, desamparados, dolorosos que se extendieron como una lenta inundación de tiempo que anegaba aquel pozo olvidado en mitad de la selva.
Pasaron días, horas, nunca lo supo, hasta que alguien, de nuevo, descorrió el velo que tapaba el pozo. Levantó la vista. La luz era menos fuerte, sería por la tarde. El chirrido de un torno precedió a una sombra que descendía apoyada en una cuerda. Era un Ayumara. Le colocó una cuerda por debajo de los sobacos y le izaron hasta la superficie. No se resistió, cualquier cosa era mejor que la sed y permanecer más tiempo en aquel agujero.
A pesar de que el sol estaba muy bajo ya, le dolieron los ojos. Le rodeaban cincuenta personas de todas las edades, razas y sexos. No todos ellos eran ayumaras de piel roja y ojos indescifrables, había hombres, mujeres y niños de raza blanca, solo que su expresión era mucho más parecida a la de los indios, ojos fijos y sin expresión, intensos y rasgos tranquilos, casi beatíficos. Por un instante el pánico le dominó. Miraba las manos y los dientes de aquellos niños y supo que podían, en un arranque de capricho, destriparle, arrancarle la piel de los huesos hasta matarle, sin apenas un pestañeo ni un remordimiento.
Lo sostenía el mismo indio que lo había sacado del pozo, de otro modo las piernas le habrían fallado. Continuaron mirándole durante largo rato hasta que comprendió que esperaban algo de él. Con un esfuerzo se sacudió de las manos de su captor, al instante se cayó al suelo. En su cerebro había tan solo un continuo grito de necesidad. Apenas veía pero le bastaba el olfato para saber de qué lado quedaba el río. Se arrastro mitad a gatas, mitad sobre el estómago, en dirección el agua. Ningún indio le estorbó, ninguno le ayudó. El recorrido, apenas cien metros, se le hizo eterno. Sin embargo, el sol aún estaba sobre el horizonte, reflejándose dolorosamente en el río, cuando llegó a la orilla. Se dejó caer en el agua verdosa. Abrió la boca y se dejó empapar por dentro y por fuera con aquel líquido más sabroso que el más raro licor. Rodó por la orilla, sumergiendo la cabeza para beber, hasta que el agua le llegó por la cintura. Hastiado, se dejó flotar, vivificado por el frescor del agua. La corriente comenzaba a arrastrarlo. Solo entonces reparó en que nadie le impedía la huída. Algunos indios lo miraban, pero con indiferencia. Solo entonces vio el cadáver. Era Miguel, la piel ennegrecida y morada, atado a una tosca aspa hecha de ramas anudadas, clavada en la arena del río. No tenía ojos, la mandíbula, desdentada, le colgaba muy abierta. Una larga brecha le abría el cuerpo en canal desde la garganta hasta perderse bajo el agua. Todos sus órganos internos, ennegrecidos, picoteados de peces y pájaros estaban expuestos al aire. Flaqueaban en la corriente del río, intestinos, hígado y riñones, se pudría la carne atacada por los hongos en grumos sanguinolentos que sobrenadaban, como una nata purulenta, en las aguas verdosas, esas mismas que el había estado bebiendo.
Escupió y trató de salir del río envenenado, pero los ayumara lo esperaban en la orilla y lo pincharon con lanzas de punta de madera haciéndole volver al agua. Una angustia invencible le obligo a intentar subir el pequeño barranco de la orilla una y otra vez. Tenía fija en la mente la piel cubierta de hongos de Miguel.
Quedaba poca luz ya. Desde el malecón de troncos lo miraba Olaberría, la larga sotana negra como un mojón de pura maldad en mitad del verdor decadente de la selva en crepúsculo. Tenía que huir, por el agua si no había más remedio. Braceó para alejarse de Miguel, para verse lejos de aquel hombre de barba feraz y mirada alucinada que no le quitaba ojo de encima. En cuanto lo atrapó la corriente comenzó a desplazarse más rápido, dejando atrás la misión.
La corriente era fuerte pero no invencible. Avellaneda no pudo hacer otra cosa que dejarse arrastrar. Un miedo feroz, un angustioso calambre de rabia le tensaba la mente en un nudo de dolor. Chocó contra una gran rama a la deriva arrancándose un trozo de cuero cabelludo con ella. Sin sentir dolor, se aferró desesperadamente al despojo por mantenerse a flote. No había palabras, ni deseo de venganza, tan solo el miedo, destilado en espasmos de dolorosa pureza, el motor de su febril ansia de supervivencia; miedo a que Olaberría y sus malditos indios lo volvieran a capturar; miedo al mismo concepto de su existencia en el mismo mundo que el suyo, aquel infierno verde que los rodeaba y transformaba. Solo aquello le impidió ahogarse bajo los remolinos y romperse la cabeza contra las piedras semiocultas bajo el agua y llegar hasta una de las pequeñas playas en la orilla, levantarse con pesadez y comenzar a andar río abajo, tambaleándose, casi sin fuerzas, con la mirada dilatada por el horror.
Le costó diez días y la mitad de un pie llegar al campamento de Utupamba. En el dedo gordo del pie derecho se le había infectado una herida y tuvieron que cortárselo con un hacha y cauterizarlo con pólvora. Quedó rengo de la pierna derecha. No le importó apenas. Ni el comandante, ni ninguno de los artesanos y soldados que estaban allí destacados le hicieron ninguna pregunta, tan solo le ofrecieron agualinda para mitigar el dolor. Avellaneda la llevo a los labios con ansia y luego la rechazó sin beberla, no podía dejar que la bebida le suavizase aquel miedo primigenio, que ya se transformaba en un odio incapaz de ser expresado con palabras, que le movía a sobrevivir.
Una semana después vino a recogerlo un volatero, el mismo que le había llevado hasta allí. Los siete días habían sido un infierno. Horas después de la operación en que le habían cortado el pie, descubrió una mancha negra sobre la piel del antebrazo, una pequeña excrescencia a modo de liquen, que crecían entre la piel y la carne. No le dolía, pero sabía lo que significaba. Según avanzó la semana, la mancha creció levemente y Avellaneda comenzó a tener sueños. Se veía suspendido boca abajo sobre la misión de Olaberría. Abajo, los ayumara torturaban a soldados, uno cada uno, quemándoles los pies con haces de ramas verdes. Al principio los soldados gritaban, maldecían, suplicaban. Luego las voces de la agonía mutaron por las del éxtasis, los soldados alcanzaban abrumadores orgasmos que los iluminaban las caras con expresiones similares a las de dolor de minutos antes. Olaberría paseaba entre ellos, dando consejos, impartiendo bendiciones impías y desnucando a unos y otros de pistoletazos con la culata de su villegas.
Otras noches, en sueños, notaba cómo bajo la piel se movían mil serpientes. Estaba en Extremadura, en Coria, su pueblo natal. Los cuerpos delgados y negruzcos le recorrían los músculos, tomaban posesión de sus músculos y le hacían levantarse, tomar una ametralladora Ormaetchea y moverse de habitación en habitación despedazando a su padre, a su madre y sus hermanos con las letales balas del calibre treinta.
Una mañana, mientras intentaba ponerse una de la botas, se detuvo un momento. Los dos últimos días había intentado dominar su pánico, había intentado comprender lo que sucedía en aquella misión maldita. Con el pie herido, doliéndole espantosamente a medio camino en la caña de la bota, la respuesta le estalló como una granada en mitad del cerebro. Temblando de dolor se apoyó en la pared para no caer. La herida del pie, aún reciente, latía con violencia, amenazando volver a abrirse, gritándole que terminase de meter el pie hacia adentro. No pudo. En medio de la agonía, en el mismo centro de la desesperación lo esperaba Olaberría y los ayumara. Escuchó el batir de aspas en el cielo. La claridad se enturbió, volvió el miedo, más feroz y salvaje que nunca. Ansiaba matarlos a todos, destrozarlos, acabar con ellos de tal modo que no quedase ni su memoria.
Salió fuera del barracón, cojeando. Durante tres días, un batallón de indios había desbrozado tres grandes islas sobre el pantanal. No durarían mucho sin vegetación, pero bastaría para acoger a los volateros una semana. Un barco de suministro, una barcaza de panza plana, había subido desde Iquitos y permanecía anclado en el malecón, lleno de munición y bencina. Los aparatos sobrevolaron los árboles con lentitud, suspendidos de los globos de helio, las aspas disminuyendo las revoluciones para que el peso los hiciese bajar delicadamente sobre los círculos pintados con cal sobre la hierba quemada. Eran como juguetes descomunales, madera, metal y tela en una frágil configuración, a medio camino entre un molino de viento desgajado y arrastrado por el vendaval, un barco de vela y un autocoche achatarrado. Pero funcionaban, volaban, y tenían muchos colmillos, cañones rápidos Ortmaechea, cohetes y granadas inertes, capaces de convertir un pedazo de selva en un infierno.
Cuando al fin terminaron de descender y apagaron los motores, la selva no parecía la misma. El estruendo de las máquinas había disuelto la apatía que se extendía como una melaza invisible sobre aquella base olvidada. Algunos artesanos corrieron a refrescar los castigados motores, a proteger con lonas los depósitos de munición y de bencina. Avellaneda esperó, a pie de barracón, al coronel, que descendió del aparato que acaudillaba el escuadrón. Como era su costumbre, vestía uniforme completo, incluida la chaqueta de cuero grueso acolchado a que obligaban las ordenanzas y que nadie más que él usaba debido al calor. Se detuvo delante de él, el rostro sudoroso y rígido como la piedra, mirándolo con una única pupila, dilatada y brillante.
Se miró entonces, en el espejo que colgaba de la pared del barracón, en el exterior, al lado del balde de agua de lluvia que usaban como jofaina. Desde el azogue envejecido y arañado, le devolvió la mirada un loco, un hombre de mejillas hundidas y músculos tensos. Los ojos muy abiertos, en un rictus de permanente pánico. El miedo le hizo doblarse por la mitad. Sudaba copiosamente y lágrimas de rabia pugnaban por brotarle en una cascada incontenible. El coronel no se movió, no dejó de mirarlo, esperó estoicamente, bajo el sol que ya comenzaba a ser abrasador, a que Avellaneda se irguiese de nuevo. Habló tan solo cuando el teniente se hubo recuperado.
—Leí su mensaje. El maestre también. Atacaremos al caer la tarde, pero antes tenemos que discutir algunas cosas.
—Sí, señor.
Se refugiaron a la sombra del chamizo que se erguía, precario, delante del barracón principal. Había allí un par de sillas de tijera, hechas de tela basta y cañas, sobre las cuales habían dormitado el comandante y su barragana todas las tardes. Ahora, vestido de uniforme por primera vez en muchos meses, iba de un lado para otro manteniendo a sus hombres en el trabajo, cosa nada fácil.
El coronel se quitó el grueso jubón de cuero y bebió de un botijo que había en el suelo, no sin antes preguntarle a Avellaneda, con una mirada, si aquella agua era potable. Luego contempló el cruel resplandor del sol sobre el agua y los volateros durante unos instantes antes de comenzar a hablar.
—No puede sobrevivir.
— ¿Olaberría?
—Sí, por supuesto. Diremos que los indios atacaron, que mataron a todo el mundo, y que hubo que destruir la misión, donde se habían hecho fuertes. Una semana despues del ataque enviarán a Paranaibo un inquisidor especial y dos escuadras de infantería de marina. No encontrarán nada ni a nadie, tan solo ruinas. Enterraremos los cadáveres en alguna fosa lejana y el suelo de la selva se los comerá en menos de un mes.
Avellaneda no dijo nada. Tan solo se miró las manos, enjutas, casi solo pellejo. Temblaban ligeramente una cubierta por la otra. Un poco más arriba de la muñeca, tapada por la tela de la camisa, la mancha negra del hongo crecía indolora e implacable.
—Por eso tendrá usted que volver allí unas horas antes de que lleguemos nosotros y asegurarse de que Olaberría esté allí, o de que ya ha muerto cuando ataquemos.
—No me puede pedir eso.
El coronel se levantó sin mirarlo, el jubón de volatero colgándole de un hombro.
—No me queda más remedio.
Remedio, no le quedaba más remedio. Avellaneda lo vio dirigirse al barracón dando órdenes a unos y otros.
En el amanecer de la mañana siguiente, mientras se vestía con un uniforme nuevo que le habían traído de la base, vio el Villegas de reglamento que había llegado junto al uniforme, aún en su caja de madera de haya vizcaína. Levantó la tapa, dentro, acolchado por aserrín, se le ofrecía el revólver y sus útiles de limpieza. Cerró la caja. En un rincón de la estancia había apoyado, dos días antes, un gran machete que le había comprado a uno de los hombres de la base. Lo sacó de la funda de cuero embreado. Era una gran hoja de metal, muy ancha, contrapesada para descargar golpes fáciles contra la vegetación y abrirse paso. Al girarla recogía la luz y la devolvía entintada de violento metal. Se lo acercó a la cara. Olía a aceite rancio y a fragua. Los guardó de nuevo y se lo ciñó a la cintura. Salió dejando en el suelo la caja del Villegas.
No fue fácil encontrar a alguien que le guiase de nuevo río arriba en el laberinto de meandros y tributarios del paranaibo. Al fin, uno de los indios accedió a acercarle lo más que pudiese a la misión de Olaberría a cambio de un fusil nuevo, munición y dos hachas de acero. El indio era rechoncho, viejo y completamente mudo. Avellaneda vio en sus ojos algo de la mirada de los ayumara, pero desleído, casi muerto. El viaje fue más rápido que con Miguel, lo que le hizo sospechar que el soldado le había hecho dar un rodeo para pasar por Santa Justa. En menos de ocho horas de remontar, llegaron a una zona que a Avellaneda le resultaba familiar. El indio había apagado el motor una hora antes y movía la barca en un brazo del río que no tenía mucha corriente por medio de una pértiga. Arrimó la piragua a la orilla y señaló río arriba con un dedo retorcido y comido a medias por algún animal de la selva. Avellaneda desembarcó y vio como el indio hacía recular la embarcación y la movía con presteza río abajo.
El indio desapareció en muy poco tiempo y Avellaneda se encontró rodeado del mismo infinito verde que le había devorado las entrañas. No sintió miedo, ni siquiera extrañeza ante los gritos de los monos, los aleteos de pájaros multicolores y el eterno susurro de las hojas moviéndose y el río circulando hacia el mar. Tenía el corazón en calma, quizá por primera vez desde que llegó al amazonas, quizá por que ya no había en su pecho un órgano de carne y sangre, sino un hueco oscuro y oloroso, cubierto de fértil mantillo y saturado de la vida desbordante de la selva. El pánico se le había diluido en verde, la memoria también.
La mano se le acoplaba con comodidad al mango del machete. Se descubrió la mancha negruzca que en el campamento había mantenido oculta bajo la manga de la camisa. Se había extendido hasta rodear el antebrazo. Abrió y cerró la mano, los músculos temblaron y con ellos los hongos que le carcomían la piel parecieron estar vivos. Avellaneda sonrió y los acarició con la otra mano.
Comenzó a avanzar por la ribera abriéndose paso con el machete. Aún cuando anocheció, no dejó de caminar. El cielo era una mancha de negrura salpicada de estrellas. No había luna y miles de ojos fosforescentes le miraban desde los árboles. Criaturas sin nombre se apartaban a su paso y se lanzaban al vuelo, a la carrera o al agua en un movimiento incesante. Una o dos veces escuchó la voz lejana del jaguar cazando.
No pensaba, no era capaz de articular ningún propósito, ningún futuro. Se limitaba a avanzar en aquel universo de negrura espesa, arañándose con ramas y espinas, con el río siempre a su vera, por eso se sorprendió al ver luz entre los árboles. Entre las lianas y la vegetación, contempló arder grandes hogueras. El olor a carne quemada le llegó claro, recordándole que no había comido nada desde el amanecer.
Vio algo muy cerca. Se quedó muy quieto, dos ramas por encima de dónde estaba, dormía una gran serpiente arbórea. La decapitó de un golpe. Agarró el cuerpo vibrante del reptil que, aún sin cabeza, se le enrolló alrededor del brazo, y lo mordió con saña, machacando los huesecillos con los dientes, deglutiendo la carne y escupiendo la piel y los huesos.
Agazapado, se acercó a la misión. En los últimos metros se tiró al suelo y reptó sobre el estómago, medio oculto por la hierba. Se celebraba una gran fiesta. Indios, blancos y mulatos saltaban y bailaban alrededor de las hogueras inmensas. De vez en cuando unos cuantos hombres echaban al fuego grandes brazadas de lianas mezcladas con hierbas y con grandes hojas, aventaban el humo, denso y aromático, sobre la multitud. Resonaban grandes tambores hechos con troncos huecos de árboles. Sobre las hogueras, en largos espetones hechos con ramas, cocinaban toda suerte de monos y animales de la selva. Hombre y mujeres saltaban y bailaban completamente desnudos, cubierta la piel de pinturas y aceites, entregándose a todo tipo de excesos. Contempló grupos entregados a la cópula con tal frenesí que cayeron en una hoguera y se quemaron con grandes gritos. Otros se dedicaban a capturar y desmembrar a los que se les ponían al alcance y a arrojar los miembros sangrantes al fuego; los más permanecían sentados, ensimismados, mirando a las llamas y gritando, o tocando los ensordecedores tambores hasta hacer sangrar las palmas.
Buscó a Olaberría con la mirada. No lo vio. Entonces se fijó en la gran estructura de madera con la cruz en la torre: la iglesia. Silenciosamente, sin apenas pensar en ello, se desnudó completamente. Abandonó sus ropas al pie de un árbol y, erguido e inocente, se adentró en la locura.
Nada más acercarse a una de las hogueras, un soplo de viento le aventó el tufo aromático de las hierbas que se quemaban. El mundo osciló bajo sus pies, los fuegos cambiaron de color. Ya no había hombres y mujeres saltando en derredor, solo llamas animadas, diablos hechos de fuego, siervos de Satanás liberados en el mundo. Con un esfuerzo tosió profusamente y se incorporó. Uno de aquellos diablos se le acercó sonriendo. Traía colgando de los pelos la cabeza de una mujer recién decapitada. Avellaneda le descargó un golpe con el machete en el cuello que le partió la clavícula y le llegó a la mitad del pecho. Salpicando sangre se derrumbó a sus pies. Aún sonreía en plena agonía.
Avellaneda avanzó hacia la iglesia sin más contratiempos. El edificio era grande, tenía la altura de un árbol, un tejado a dos aguas hecho con ramas verdes y una torre construida con troncos. La puerta era un dosel de hierbas frescas. Había un resplandor de velas en el interior. Transpuso el umbral para encontrarse en una amplia estancia en la que se espaciaban columnas hechas con troncos de árbol apenas desbastados y pintados con vivos colores. A tramos regulares ardían pebeteros con hierbas aromáticas y sebo. El suelo era de tierra. Al fondo de la estancia se erguía un pequeño altar y sobre él una cruz hecha con troncos pintados. Al lado del altar, de pie y con los brazos abiertos, le esperaba Olaberría.
—Bienvenido hijo del trueno. Desnudo vienes a mí, como hijo de dios, libre de las muchas pieles de hipocresía de la civilización.
Avellaneda se acercó lentamente, sin dejar de mirar al sacerdote. Los efectos del humo aún no se le habían pasado. Le parecía que aquel hombre tenía más de dos brazos y más de una cabeza y que todas se movían sin cesar. Se detuvo y, despacio para evitar derrumbarse, se sentó en el suelo. Sobre el altar, sentado en una gran silla, vestido de negro e incongruente entre los colores salvajes del recinto, Olaberría le miraba y sonreía.
—Bienvenido eres, tú que has sido designado para traicionarme, para que expíe los pecados de la humanidad y muera y luego resucite al tercer día de entre los huesos quemados y la muerte.
Avellaneda se sentía echar raíces en aquel suelo fértil y húmedo. Las piernas se enterraban profundamente en el suelo y le alimentaban con humedad y sustento. Giró la cabeza lentamente, haciendo crujir la corteza que era su piel. Un miedo pequeño y antiguo se le despertó en el centro del pecho; un terror que ni la selva, ni el humo de las plantas, ni siquiera la mirada extraviada y mística de Olaberría conseguían disipar, más bien al contrario.
—Tú no has elegido, eres el conductor del renacimiento, la vía por la cual mi santo mensaje saldrá de la selva y se extenderá por el mundo como un río de savia roja, de alimento y de éxtasis, una revolución que derribará la vieja Roma y erigirá la ciudad de dios en la tierra. No lo sabes pero eres mi hijo, mi legado, mi sumo sacerdote y mi verdugo.
Avellaneda escuchaba las palabras de Olaberría entrecortadas, muchas sílabas juntas, luego otras separadas por lo que parecían años completos en los que su piel sufría los rigores de las estaciones, florecía, le picoteaban insectos y pájaros y crecía con un espasmo de estiramiento y grietas en la piel. Detrás del sacerdote, un ventanal hecho de pequeños vidrios engarzados con arcilla y madera ya no tenía la negrura salvaje de la noche, se anunciaba una leve claridad. Fue consciente de que había pasado muchas horas allí sentado, pero ese hecho no parecía afectarle, no había prisa, aún era un árbol sometido a la dictadura de los ciclos naturales y a la inacción y a la mudez. Un rumor profundo, el rugido intenso y casi inaudible de la propia selva, parecía crecer con el alba.
—Ya vienen, ellos, los cainitas y los romanos.
Olaberría se quitó la sotana. La luz era una mezcla de la cenicienta claridad del amanecer con los ocres intensos de la velas de sebo que aún ardían en el interior de la estancia, e iluminaba de forma parcial, engañosa, el cuerpo del religioso. Avellaneda creyó ver en el cuerpo del religioso, largas cicatrices pulsantes; laceraciones y huecos cicatrizados dónde faltaban grandes pedazos de carne e incluso órganos completos; bultos, incipientes muñones y deformidades en dónde no debería haber sino piel lisa. Dominándolo todo, creciendo a modo de una invasión casi definitiva, grandes porciones del hongo negro que había devorado a Miguel, que le iba a devorar a él mismo.
El miedo, la urgencia, deshacía los pedazos de sí mismo. Algo inmenso aleteaba en el cielo cercano, se cernía implacable. Sombras gigantes cruzaron la dudosa claridad de la cristalera. Avellaneda se levantó con la primera explosión que hizo temblar el suelo de la selva. Olaberría lo miraba y lo esperaba con los ojos cerrados, la cara elevada al cielo.
—Perdónales, ellos serán los primeros en sufrir tu agonía. Perdónales, ellos.
El machete pareció bajar solo, cebarse, con el filo pesado y letal, en aquella carne arruinada. En pocos segundos el sacerdote no era más que un amasijo de carne cercenada deshecha en un charco de sangre y vísceras.
Grandes balas del calibre treinta horadaron una ristra de huecos en el tejado de la iglesia. De inmediato comenzó a arder. Las pajas medio verdes humeaban con un agradable aroma vegetal. Avellaneda abandonó el machete y salió fuera. Nada parecía haber cambiado mucho. Los incendios crecían en volumen, grandes explosiones derribaban hombres y edificios. Una lluvia de balas abatía cuerpos danzantes. Muchos recibían los impactos de las balas que los destrozaban con los ojos cerrados y el pecho descubierto, sumidos en un éxtasis de muerte y olvido.
En el cielo, los grandes volateros giraban una y otra vez, en ordenada secuencia, sobre los árboles, descargando sus armas. Uno de ellos lanzó un chorro de quemaperros, alcohol mezclado con parafina, que hacía arder todo lo que tocaba. Hombres mujeres y niños llameaban como teas, corrían como diminutos ocasos hasta caer al suelo y consumirse retorciéndose hasta convertirse en tensos muñecos negros.
Avellaneda se escondió en la selva. Muchos otros le imitaban, corrían entre las lianas, se perdían en el interior del laberinto verde e infinito de la selva.
Mucho después, cuando el sol estaba alto en el cielo y cuando casi todos los incendios se habían apagado por sí mismos, volvieron dos volateros. De uno de ellos descendió el coronel. Avellaneda lo esperó al pie de un árbol, aún desnudo y ensangrentado. La gran mancha del hongo ya le había colonizado todo el brazo y se extendía por el pecho.
— ¿Avellaneda? Hemos venido a buscarle. Venga, le llevaremos a Paranaibo.
El coronel se acercó lentamente. El militar casi no pudo distinguir rasgos humanos en la cara de Avellaneda, era una máscara impasible, sin gesto. La mirada tan profunda y extraña como el corazón de la propia selva.
—No.
Solo pronunció esa palabra. Sin mirar al coronel, se internó en la jungla.
Avellaneda volvió tres días después. No recordaba nada, apenas tenía memoria de quién era. El dolor de las laceraciones y heridas que le había producido la selva no le molestaba en absoluto. Se sentó en medio del claro, sobre la hierba. Le rodeaban bultos informes. La lluvia había lavado las vigas destruidas, los montones de escombros que lo rodeaban. No había cadáveres. Vivos y muertos habían desaparecido de la zona. Solo algunos insectos zumbaban sobre la hierba. Tomó un puñado de hierba y se lo llevó a la boca para masticarla tranquilamente, despacio, dejando que la savia le empapase el paladar con su sabor acre, tan fuerte que casi le hacía llorar los ojos.
La tarde se hizo noche. No llovió aquel día, pero a la mañana siguiente el rocío lo empapaba todo. Avellaneda continuaba sentado entre la hierba alta. Insectos variados habían insertado sus larvas en las heridas abiertas que lucían sanguinolentas y agusanadas menos en dónde la gruesa capa del hongo negro cubría la piel.
Con el sol ya alto en el cielo se levantó y caminó con decisión en una dirección concreta, al norte. La selva ya casi había borrado los rastros de los soldados, pero aún quedaban ramas rotas, y alguna pisada y marcas de arrastre. Encontró, entre dos grandes árboles que se abrían en diagonal, un túmulo de tierra recién removida sobre la que ya comenzaba a brotar una hierba fina y muy verde. Escarbó con las manos, despacio, sin ninguna prisa. De vez en cuando se detenía y descansaba a la sombra, comía algún insecto, algún pájaro o reptil que caían en sus manos, y luego reanudaba el trabajo. En dos días descubrió la zanja y comenzaron a aparecer huesos y restos de carne agusanada, carbonizada o pálida y maloliente. Los fue reuniendo en un gran montón.
Cuando la tierra se volvió más dura, señal de que había llegado al final de la zanja excavada por los soldados, dejó de buscar restos humanos y comenzó a transportarlos a la misión.
No había tiempo en la selva. Una hora era igual a la anterior y la siguiente. Lluvia y sol, oscuridad y luz, verdor y azul intenso. Pasaron días y el trabajo de Avellaneda avanzaba. Había tomado los restos humanos y, ayudado de cañas, ramas y lianas, los había ido distribuyendo por las ruinas en extrañas composiciones. A veces recordaban letras góticas, enormes ues, eñes, jotas hechas con piernas, brazos y torsos desgarrados. Otras eran tan solo pirámides, pequeñas torres torcidas e irregulares, reforzadas por fémures y caderas recubiertas de moscas. Al cabo de unas semanas había una extensión de insanas esculturas erguidas sobre el paisaje de ruinas y selva, de hierba y vigas quemadas.
A la luz incierta del amanecer, Avellaneda esperaba sentado en el claro, comiendo hierba y bebiendo agua de lluvia, en el mismo centro de la locura.
Su expresión solo cambió una vez. Giró la cabeza en dirección al río. Por el río subía una embarcación, y la respiración de su motor resonaba como el pecho de un gigante asmático luchando por no ahogarse en el miasma verde de la selva. Los ojos parecieron enfocarse, adquirir propósito. La comisura de los labios, justo en la frontera del avance del hongo negro, se frunció en el atisbo de una leve sonrisa.
Primero serían ellos, los de la comisión de investigación. Luego… el futuro no era claro. Miles de lianas negras entrecruzaban la mirada de Avellaneda y se perdían en el espacio. El hongo ardía y le helaba la piel, allí dónde la cubría, provocándole cataratas de sensaciones intensas. Su mente era un continuo abrir y cerrar de puertas que liberaban y capturaban recuerdos, acciones, potencias, sensaciones.
Todo estaba allí, estallando sobre su piel, ardiéndole en la mente. Comenzaría con aquellos hombres de largos hábitos que ya veía desembarcar y detenerse ante el espectáculo, y continuaría más allá, río arriba y río abajo, más allá de la selva e incluso más allá del mar, hasta que no hubiese nada más, y las lianas negras que se le entrecruzaban en la vista y la mente terminasen de anudar el mundo entero en su tejido continuo.