Dulces Dieciséis y otros relatos

Dulces Dieciséis es el título de un clásico del blues, Sweet Sixteen. También es el nombre de un cuento en el que un par de camioneros escuchan dicha canción mientras recorren la autopista interborealis, atravesando el paisaje desolado de un Marte del futuro.

Dulces Dieciséis también es el título de la antología de mis relatos publicada por Cyberdark hace muy poco.

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Lo acompañan otros cuentos:

  • “Una esfera perfecta”
  • “Tierra poblada de preguntas”
  • “El obrador”
  • “Quercarrán”
  • “El jardín automático”
  • “No bebía otra cosa que agua”
  • “Habítame y que el tiempo me hiele”
  • “Seda y plata”
  • “Los caminos del sueño” (premio Domingo Santos)
  • “Negras águilas” (premio Ignotus)

Lo que los une es que, primero, son lo mejor que he escrito en narrativa breve (salvando quizá dos o tres cuentos  más modernos), y segundo fueron escritos en los años 90, la época en que hubo una explosión de creatividad en el mundo de la CF y la fantasía hispánica.

Muchos son los que dicen que aquello se murió, que no quedo nada de aquella generación de tertulianos (nos reuníamos en tertulias físicas y manteníamos una furiosa relación personal) pero no estoy de acuerdo. Ahora mismo, cuando vivimos otra explosión de creatividad en el género, creo que aquella actividad construyó un escalón que no elevó el prestigio y la calidad de la producción fantástica todo lo que se deseaba, que no era otra cosa que alcanzar el reconocimiento académico y “culto”, pero tampoco fue una flor de un día, una excepción aislada y sin consecuencias. Creo que lo que está viniendo ahora de producción nacional, mucho de ello al menos, se apoya en el sustrato que dejamos, como nos apoyamos nosotros en su momento, en el sustrato creado por la generación anterior de creadores.

La conclusión debe ser sencilla: señores, aquí se escribe mucho y bueno. Tenemos defectos, uno de ellos y no el menor es la falta de una crítica eficaz y que no se detenga en amistades y contemplaciones, que haga su trabajo sin atender al mayor defecto y también la mayor virtud de nuestro carácter nacional: la imposibilidad de diferenciar entre relaciones humanas de amistad y las profesionales.

Muchos de esos cuentos son, a día de hoy, inencontrables. No hay forma de leer los fancines y revistas dónde fueron publicados. Tenerlos todos juntitos en un libro es un lujo que tengo que agradecer a Cyberdark, en esta su nueva iniciativa editorial.

Hay dos extras que hacen este volumen más interesante: la introducción firmada por Luis G. Prado el editor, y los comentarios, al estilo Asimov, de un servidor. Luis se despacha con una época que ya nos va quedando antigua, pero que fue muy, muy intensa. Yo también hablo de ella, pero desde un punto de vista mucho más personal y egoísta, que para eso soy el escritor y, por una vez, me han permitido hacerlo. Eso sí, al contrario que lo que hacía el buen doctor,  las introducciones van después de los cuentos, para no reventarle el argumento a nadie.

Si tengo que elegir un cuento de entre los publicados, me quedo con el extraño, weird diríamos ahora, “El jardín automático”. Quizá no sea el más divertido, ni el mejor de la antología, pero es que el a mi me resultó más satisfactorio escribir.

Yo, de ser ustedes, no me lo perdería.

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