Escribiendo otra cosa


Mientras algunos amables sufridores se leen el manuscrito de la segunda parte de Danza de Tinieblas, y después de un breve lapso de descanso, he comenzado con otro proyecto, la ampliación de una antigua novela corta.
Esa novela corta era el relato más largo de una serie o fix-up que le dediqué a los viajes en el tiempo. Sí, yo también he sucumbido a uno de los más divertidos leitmotiv de la literatura prospectiva cienciaficcionera. Me gusta especialmente de esa serie, a medias concluida, algo que tan solo es circunstancia, attrezo narrativo: la concepción del viaje en el tiempo, del tiempo mismo que escribí para los cuentos. La idea no es original mía, sé que hay científicos que incluso la valoran con gruesos desarrollos matemáticos. Intentaré explicarla.
Para entenderla hay que pensar en el espacio-tiempo como un continuo de cuatro dimensiones, tal y como decía Einstein, tres espaciales y una temporal. Para facilitar la visión de la idea a proponer vamos a reducir las tres dimensiones espaciales a tan solo dos, un mundo plano, y para hacerlo aún más visual, nuestro mundo, la tierra, se convertirá en un círculo dónde vivimos planos. Ese círculo lejos de ser estático se ve afectado por el tiempo. Si el círculo está dibujado en un plano xy, y elegimos el eje z como el del tiempo, el círculo se desarrolla, se convierte en un túnel que avanza por z. Si, en un ejercicio de exageración conceptual de los que nos permite la física, imaginamos el túnel desarrollándose desde el inicio del universo hasta su colapso y fin, tendremos un larguísimo túnel en el que cada sección será un instante de tiempo concreto, una rodaja de ese salchichón en que se ha convertido nuestro mundo.
Hasta aquí todo es bastante convencional. Lo bueno empieza ahora: imaginad que en ese universo plano, del cual nuestro mundo es un círculo, el tiempo no avanza igual de deprisa en un sitio que en otro. Habrá regiones del espacio que adelantarán a otras. Podría darse el caso de tiempos negativos, regiones que no solo no avanzan, sino que retroceden. ¿Qué supone eso? algo muy simple, que desplazándose de forma adecuada en ese espacio bidimensional podríamos recorrer una curva temporal avanzando a un tiempo futuro, o retrocediendo a uno pasado. En nuestro universo real, la teoría general de la relatividad, predice que haya zonas dónde el tiempo transcurra de forma diferente. De hecho, establece que no hay un tiempo referencial que llamar tiempo único, que dicho concepto carece de sentido. Aquí, en aras de la narratibilidad (si dicho palabro se puede usar y no hay ningún filólogo por ahí que decida vengarse por ello) me salto la necesidad de que la velocidad a la que se puede uno desplazar por el universo tiene un máximo tasable, que, curiosamente, impide que al moverse a regiones dónde el tiempo transcurre de modo diferente, se pueda violar la causalidad. Es una forma de verlo, se puede decir justo al revés y es igual de válido.
Volviendo a la literatura, en mis cuentos me salto eso a la torera y dejo a mis personajes que viajen en saltos espaciales a tiempos retrógrados y que luego puedan volver al curso general del tiempo con precisión, saltándome la causalidad, claro. Que lo hagan partículas, como al parecer los experimentos en mecánica cuántica apuntan, es una cosa, que lo pueda hacer un objeto macroscópico, otra muy diferente. Da igual, estamos imaginando una máquina en el tiempo, un artefacto mítico que, según algunos, ya ha saltado de la imaginería de la CF y es ya propiedad del inconsciente colectivo, listo para usarse por cualquiera que no necesite más que decir “funciona” y listo. Los escritores de CF no lo tenemos tan fácil, por desgracia, tenemos que montar parafernalias del estilo de la que estoy describiendo para permitirnos un vuelo plausible de la imaginación de nuestros correosos lectores, a menudo, muy bien formados en ciencia y tecnología.
Y la cosa no acaba ahí, se le puede dar una interesante vuelta de tuerca. Hemos descrito una estructura tridimensional dónde la dimensión Z es el tiempo, con valles y crestas de tiempos acelerados y retrógrados, pero que es una estructura estática. Se puede concebir algo así como un metatiempo, una evolución de esa estructura tridimensional (cuatridimensional en el mundo real). En ella el tunel del tiempo cambiaría, las cordilleras, las crestas y los valles crecerían o se aplanarían, todo cambiaría en función de ese tiempo por encima del tiempo.
¿Qué añade eso a todo el edificio conceptual que he montado para justificar algo que en realidad no necesitaba ser justificado para crear una narración interesante? pues yo creo que es divertido y tiene algo de ese vértigo conceptual que a veces se convierte en el sabor de fondo de la buena ciencia ficción, nada que pueda impedir disfrutar de la historia a un lector generalista pero que le puede dar un plus al lector de CF.
Volviendo a mis cuentos de viajes en el tiempo, escribí dos de ellos: uno ambientado en la Arabia del siglo III, el otro, el más largo, el que se esta convirtiendo una novela… es una sorpresa, aún. Siguen atentos a sus pantallas de lcd.

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