Tres motivos para morir en Madrid

tres-motivos-portada-miniAún recuerdo el lejano momento en que se me ocurrió el argumento de esta novela. Ha pasado un eón desde entonces. Conducía en dirección al Festival de Cine de San Sebastián, invitado por la Productora de la película Stranded. Juanmi Aguilera y yo elaboramos la novelización de su guión para la película. A parte de pasarlo muy bien escribiendo el libro, aquella experiencia me sirvió, entre otras cosas, para poder visitar San Sebastián y el Festival, toda una experiencia que, por desgracia, no he tenido ocasión de repetir.

El caso es que volvía yo en coche, aburrido, pensando en mis cosas y me dio por pensar en un posible argumento para un guión de cine. Se me ocurrió la idea central de la novela de esa forma curiosa que algunas ideas tienen de llegarte a la cabeza. Ya he mencionado alguna vez la genial ocurrencia de Terry Prachett en Rechicero para explicar la creatividad, pequeñas partículas de inspiración que recorren el universo a la velocidad de la luz, traspasándolo todo como neutrinos furiosos hasta que impactan con la mente adecuada para provocar una cascada de creaciones.  Pues de repente no tenía argumento y un instante después había una idea lo suficientemente interesante como para construir una historia.

Dicen que es la forma correcta, ya lo he mencionado en otro post, idear y luego escribir. No me suele salir bien. Está vez la idea llego antes que las palabras. Elaboré un guión, que, como la mayor parte de los guiones no interesó a los pocos que lo leyeron (espera, ¿lo leyó alguien?). Una vez abandonado lo de los guiones, —más que nada porque era como pasarse la vida nadando en el océano y pretender, de repente, ponerse a volar— la idea me seguía gustando lo suficiente como para transformarla en una novela.

Hay tres voces principales, que en un principio quise hacer en un retrofuturo pasado, un lío de tiempos verbales que no funcionaba bien. Reescrita hasta ocho veces, en virtud de los sabios consejos de los lectores cero, uno, dos, tres, n…

La novela lleva escrita, en sus primeras versiones, desde el 2006. Ya ha llovido. Lo mejor de todo es que el tiempo ha conseguido limar muchas de las asperezas, dar más consistencia a los personajes, es una novela de personajes, y crear atmósfera. Sigo pensando en la historia en forma de imágenes, una película que he visto ya en mi cabeza unas cuantas veces, quizá demasiadas. De la película, a estas alturas, salvo solo algunas texturas de la luz de un Madrid inmerso en un verano agobiante. De la novela, sin embargo, me quedo con Alia Arredo y con la primera frase del libro. Si la leen quizá compartan mi preferencia.

En esas idas y venidas, a la novela la cuasipremiaron, previa presentación por mi parte, claro, en el IX premio Río Manzanares de Novela. Fue tan solo finalista, cosa de la que me enteré una vez habían sido dados los premios. Me hubiera gustado no ahorrarme la dulce angustia de la espera al veredicto.

No se puede contar mucho de la novela sin destriparla. Sí puedo hablar, y bien, de la edición. Saco de Huesos sabe mimar los textos y editarlos con cariño y precisión. La portada me gusta mucho, toda roja, dando sentido a la expresión ” a sangre” que se usa en maquetación.  Dada mi actividad como “ripper” en Facebook últimamente, mejor lo dejo y tan solo incluyo a continuación el principio, a ver si alguien se anima a leerla y comentarla, sobre todo comentarla, aunque sea bien:

“El amanecer es un caracol lento y frío que asciende por la espalda del verano. Mientras conduce por la A6, Alia ha estado tentada de encender la calefacción del peugeot. No lo ha hecho. Se toca la frente, la nota caliente y húmeda. Sin dejar de conducir, se limpia la cara con un pañuelo de papel mientras contiene una náusea. Con un volantazo que parece el tajo de un hacha, aborda el desvío a Collado Villalba.

Mantener la atención en la carretera es un esfuerzo que la está agotando.

Deja atrás Collado, la carretera empeora, se vuelve más oscura; los árboles se inclinan sobre la calzada, tapando la escasa luz del sol. El coche asciende con esfuerzo, enlazando curvas muy cerradas con cortas rectas llenas de baches. De los pinos gotea rocío; a pesar de que tiene las ventanillas cerradas, un fuerte aroma a resina y a hierba busca un hueco para colarse dentro de la carrocería del coche. Entre los troncos y las innumerables espículas, a lo lejos en la llanura, se vislumbran los colores de los edificios de Madrid, iluminados oblicuamente por el sol de la mañana.”

 

 

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