Danza de Tinieblas

Todo vino de una imagen. No existe más que en mi imaginación y mis dotes como dibujante no dan como para recrearla, aunque puede que algún día lo intente. En ella se veía un Madrid nocturno, tenebroso, sin luz eléctrica, en el que apenas había algún brillo de candela amarillenta. En una calle empedrada, rodeada de edificios monolíticos, de granito y madera, avanza un vehículo carrozado en un negro líquido, una máquina movida por un retumbante motor de grandes pistones de acero, que se desliza sobre los adoquines sobre ruedas metálicas recubiertas de goma maciza.
La cámara —sí, esto es como una película- sigue al vehículo que desemboca en una calle mayor, mucho más iluminada, y se integra en una corriente de máquinas similares, de muchas formas y un solo color: el negro. Parece un enorme insecto, un veloz escarabajo acorazado que avanza en la noche y se mezcla con otros muchos en la inmensidad de un bosque de edificios. La calle es la Gran Vía, en la que hay edificios que reconozco y otros que no corresponden a los reales o incluso los históricos. Las personas que pasean por las aceras son de muchas razas y visten una moda extraña, de escuetos tonos oscuros, capas largas o cortas, faldas con guardainfantes testimoniales, jubones y medias, gorgueras reducidas y sombreros de pico. Abundan gentes humildes, chicuelos sucios, soldados desgreñados y cubiertos por gruesos capotes, busconas, matronas, costureras, mujeres aún sin derecho a voto ni a una profesión.
Eso era todo, una imagen, aunque muchas de las ideas descritas ya me rondaban en la cabeza, el relato solo cristaliza en ese sueño visual, previo por unos segundos a las palabras escritas del cuento Negras Águilas.
De esas ideas previas, la que mejor recuerdo es la de jugar a darle la vuelta a la ucronía descrita en Panava, la obra de Keith Roberts. Roberts fabula con una Inglaterra católica y a mí se me ocurrió que la mejor equivalencia sería una España protestante y un imperio que no hubiera muerto. El famoso “y si… ” de todas las ucronías estaba planteado.
Tras esa idea, la hermana de una buena amiga, amiga también y Licenciada en Historia, consultada sobre un buen libro acerca del Siglo de Oro, me recomendó el estupendísimo La vida cotidiana en la España del Siglo de Oro, escrito por Fernando Díaz-Plaja. Ese ensayo, o colección de ensayos, además de proporcionarme materia prima directa y documental para poder escribir algo relacionado con el Siglo de Oro, también me sirvió para empezar a entender por qué Quevedo escribía como escribía, por qué Lope era como era, por qué la política de la época se desarrolla como se desarrolla, o, más bien, las consecuencias que tuvieron los muchos errores de entonces.
De haber podido leerlo allá en el bachillerato, cuánto más me habría interesado la historia y las artes de aquella época; de conocer cómo vivían -o mejor, sobrevivían- los españoles hubiera podido saborerar la fascinación de aquel siglo desquiciado.
No puedo dejar de mencionar a Alatriste. No podría, ni querría, negar que su influencia está en Danza de tinieblas. Estupenda idea la de Reverte, magnífica oportunidad de acceso a la historia y la literatura, sobre todo para los adolescentes. No se ha vendido como tal, como literatura juvenil, no podría, dadas las pacatas normas no escritas de nuestra sociedad bien-pensante respecto a las lecturas adolescentes y la violencia, pero cumple ese objetivo a la perfección. Aventura, intriga y emoción en un marco histórico fascinante, tanto por cercano de los escenarios, como por los hechos acaecidos: en un par de siglos pasamos de enriquecido y todopoderoso imperio, a país paupérrimo y miserable. Hay que retroceder casi a la caída del Imperio Romano para encontrar otra tragedia semejante.

Con esos antecedentes, puestos todos juntos a batir en el inconsciente, aplicadas las reglas del juego ucrónico, y tras un poco de sufrimiento escritoril, surgía Negras Águilas, mencionado antes, un relato de no demasiadas palabras y primera incursión en la ucronía donde se desarrolla Danza de Tinieblas, y que ganó el premio Ignotus, de la AEFCFT del año en que se publicó en Artifex.
Y no mucho después, Danza de Tinieblas, mi primera novela larga, que no lo es tanto, apenas 100.000 palabras, pero que así me lo pareció cuando la escribía. Pero eso es tema para otra entradilla.

Empezando

Tras mucho tiempo de darle vueltas, de pruebas y retrasos, al final me he decidido a crear una pequeña página web como escaparate de mis creaciones. Como en esas tiendas de pueblo, en las que se vende un poco de todo y sin ningún horario establecido, aquí habrá cosas frescas, cosas antiguas, enlaces a artículos o críticas que publique o se publiquen por ahí, comentarios o aclaraciones y alguna lista de cosas publicadas, si me acuerdo.

Es también mi intención crear un almacenillo, con mesa camilla, café y picatostes, dónde conversar con aquellos que quieran comentar algo sobre mis obras. Tendrá la cafetera siempre encendida, para las visitas.

Seguramente se me ocurran, o me den pistas, para más cosas que pueda ir poniendo por aquí. Las sugerencias son muy bienvenidas

Bueno, pues vamos a ello