Apariciones


He publicado un par de cuentos recientemente.
Uno en el libro homenaje a los premios Ignotus de la AEFCFT editado por el grupo editorial AJEC. En él incluyo un cuento llamado Morita recogía flores, escrito en el verano de hace tres años, en el 60 aniversario de la masacre de Hiroshima.
Morita vive en Hiroshima, hace calor, es Agosto, y el aire huele a plomo. Me gustó cómo quedó, sobre todo por la superposición de puntos de vista y las diferentes visiones de los protagonistas.
El otro cuento publicado ha aparecido en Artifex, cuarta época, número 2. Siguiendo la nomenclatura de las series bajadas del emule, sería E0402. Se títula Bajo estrellas feroces. Es bastante más largo y también más ambicioso. Pertenece al mundo de Danza de tinieblas y era parte, junto con Víctima y vedugo y Negras Águilas, de un pretendido fix-up de cuentos que iba a integrar la segunda parte de Danza de tinieblas. Lo malo es que el tercer cuento, de título provisional Conjurados, se ha convertido en una novela de casi 400 páginas. Lo del fix-up mejor olvidarlo.
Bajo estrellas feroces es la historia de dos jóvenes de diferentes extracciones sociales, ella es morisca, él cristiano. También se diferencian en su actitud: él sigue las normas, no tiene especial interés por el riesgo. Ella es puro fuego y rebeldía, y sí tiene un especial interés por no seguir las normas, máxime cuando en la sociedad en la que vive la mujer aún no tiene plenos derechos. Por medio está la aviación en pleno desarrollo, una época de aventuras y desafíos parecidos a los vividos antes y después de la primera guerra mundial en nuestro mundo.
El cuento se puede leer aquí.

Perdón

Llevo una eternidad sin publicar una entrada, lo cierto es que no tengo perdón del monstruo de espaguetis voladores. Voy a intentar redimirme publicando algo cada semana. A ver si lo logro.

Junio del 2008

Trabajando en Danza de tinieblas II, sin título, ni provisional todavía. Escritas unas 70.000 palabras, pendientes al menos 50.000 más.

Un capítulo, que no sé si luego irá en la versión final:

La calle olía a orines de gato. Lindaba con la judería de Lavapiés justo cuando lo alto de la colina en la que se encaramaba el centro de Madrid, comenzaba a descender hacia el río. Era un callejón infecto, que ni los judíos y sus levitas, ni los chelis consideraban más que una frontera. Un alcalde visionario, el mismo que había intentado crear otro Madrid, pero bajo tierra, había imaginado un plan urbano que consistía en tirar muchas casuchas, caserones, ruinas, corralas e incluso dos iglesias y una sinagoga, para hacer sitio y que el centro respirase mediante un par de grandes avenidas norte-sur, este-oeste, a las que adosar grandes monumentos, nuevos edificios de porte neoimperial, el estilo recargado, lleno de estatuas e innecesarios refuerzos de acero remachado.
Todo había acabado en agua de borrajas por medio de las, a veces, no muy sutiles recomendaciones de los poderes sin nombre que medraban en las sombras del imperio. El callejón había seguido siendo un infecto campo de batalla entre dos poderes silenciosos, al margen de los alguaciles, del poder imperial, de las leyes y el común de la ciudadanía, que no osaban meter la nariz en aquel rincón sin nombre.
Por supuesto, Alonso García de Castañeda, residente desde los tres años en el Real Colegio de Huérfanos de Funcionarios Reales, no conocía la historia de aquel lugar. Tenía apenas catorce años y le bastaba con haber aprendido los rudimentos de la lectura y la escritura y la más ardua, y más útil, ley de la calle.
Se alineaba junto al Judas, Moromalo, al Ruin y al Mocos, hombro delgado contra hombro, delgados pero tensos como maromas de atraque frente a la marea. Enfrente, otros chiquillos, más sucios, peor vestidos, pero con la mirada aún más torva y violenta que la suya propia.
— Jalanta, que sois jalanta de la perca, bufos, hijos de la cerda mariana.
La fila se removió ante los insultos. Alonso los paró con la mano extendida, la mirada como acero dulce. Dio un paso y los demás le imitaron. Las manos se tensaron aún más sobre el cuero de los cinturones cortando la circulación de la sangre a la piel de la mano, volviéndolas puños de nieve terrible. En el extremo, balanceándose, las pesadas hebillas de metal. La fila de los judíos no cedió un ápice. Un adoquín, medio kilo de roca granítica, partió de detrás de ellos y voló hasta estrellarse justo delante de Alonso, que lo paró poniéndole encima el peso de la bota.
Otro paso, luego otro. Las filas aguantaban. Estaban ya tan cerca que podían ver el vaho de las respiraciones, el color de los ojos, los rostros, un blanco empedrado de violencia, miedo y rabia. Estaban armados con palos, astiles de picos, simples trozos de ramas, ningún arma blanca a la vista, eso no hubiera sido noble y aún en aquella pelea de aprendices a delincuentes las normas del honor eran sagradas.
Alonso, luego no recordaría que sucedió después del último paso, tan solo su grito, que escuchó un poco sorprendido, incluso asustado. Un alarido que se emparentaba con los gritos con los que se habían construido tantas matanzas, con los que se recrearían tantas otras en el futuro. Luego todo fue una confusión de corta carrera, un cuerpo a cuerpo de cintarazos despiadados, bastonazos veloces, de dientes apretados ante el dolor de un golpe, de rabia desatada, irracional.
Más objetiva fue la visión del hombre que, embozado, observaba desde un altillo de aquella calle.
Desde el principio, los judíos habían tenido la victoria de su lado. Más experimentados, luchaban con inteligencia, con menos miedo. Por el otro lado, se les oponían los huérfanos, pura pasión destructiva, una marea de odio desatado que no conocía estrategias, pero que no daba cuartel.
Abundaron pronto los descalabros, los brazos rotos por las porras de los judíos, tres de los cinco huérfanos quedaron fuera de juego en los primeros minutos, se retiraron renqueando hacia su lado de la calle. Alonso y el chepa, casi espalda contra espalda, no cejaron. Abrumados por la nube de estacazos que tenían que esquivar y castigar con el rápido latigazo de sus cinturones hebillados. También las filas enemigas retiraron algunos soldados con cortes profundos y dolorosos en mejillas y brazos, las hebillas estaban afiladas. Al fin fueron cuatro para dos, que daban vueltas con los palos en alto, buscando un hueco. De realizar un ataque coordinado, vencerían, pero alguno de ellos resultaría mal herido, quizá un ojo menos, una mejilla abierta hasta el hueso, y eso parecía detenerlos.
Contra todo pronóstico, los defensores se miraron y, al unísono, pasaron al ataque gritando, ambos en sitios opuestos del círculo de acosadores. El Moromalo, que era bajito y desproporcionado, se deshizo de un judío arrancándole el arma con la fuerza descomunal de sus brazos. Eso le impidió parar el golpe que le cayó en la clavícula. Se escuchó partirse el hueso. El brazo izquierdo le colgaba inútil y se defendió de posteriores ataques girando el cinturón sobre la cabeza y reculando hacia las filas de los otros heridos.
Alonso golpeó una y otra vez, a derecha e izquierda, adelantándose a sus atacantes que solo pudieron parar los furiosos cintarazos y retroceder. Eso le dio el espacio que necesitaba para volverse y atacar los desprotegidos flancos de los que acosaban al Moromalo. Sorprendidos, quizá con alguna costilla rota, los judíos gritaron, se medio volvieron protegiéndose con los astiles elevados, pero el cuero era mucho más rápido, recibieron cortes en la cara y golpes veloces y dolorosos en las piernas, suficientes para reventar la tela y la piel de los juboncillos.
Los judíos vacilaron frente a aquel demonio incansable, todos menos uno, bajito y que no había participado mucho de la lucha. Por el porte y las cicatrices, se adivinaba de más edad. Le bastó una pedrada certera que impactó justo sobre la ceja izquierda. Alonso vaciló, la mirada enrojecida. Las piernas se negaron a sostenerle y cayó de rodillas sobre el empedrado, aún esforzándose por hacer girar el cinturón, pero las fuerzas se le iban rápido, vacilaba. Los judíos se acercaban, cojeando, sangrando, y en la mirada llevaban algo más que una pelea fronteriza.
Sonó un silbato, una nota aguda. Todas las jóvenes cabezas se volvieron al sonido, excepto Alonso que caía en la inconsciencia, bañado el rostro de sangre. Eran los alguaciles, y ellos sí que sabían usar las porras de acero recubierto de goma e incluso los Villegas si llegaba el caso. Era una batalla que ninguno quería librar, desaparecieron en breves instantes arrastrando a sus heridos. Adelmón, Moritomalo, cargó a Alonso en sus anchas espaldas y, cojeando, tenía una pierna más corta que la otra, se lo llevó de allí.
El hombre en el altillo dejó de soplar y anotó un par de nombres en su cuadernillo. Luego descendió desde la azotea a la calle y caminó por las calles del centro.
Si alguien se hubiera atrevido a mirarlo de cerca, podría haber dicho que había sufrido algún tipo de accidente, tenía largas cicatrices en las mejillas que la sombra de su sombrero apenas podía tapar, pero nadie en Madrid se la jugaba posando miradas indiscretas en hombres medio embozados, menos de madrugada y aún menos en aquel barrio.

Recomenzando

Bueno, a ver si ahora le dedico algo más de tiempo al blog. Acabo de terminar de actualizarlo a la versión 2.5 de WordPress y he cambiado un poco el diseño, aunque no descarto volverlo a cambiar, no me acaba de convencer del todo. Aunque previo a eso, debería engordarlo un poco. A ver qué tal.

Danza de Tinieblas, tecnología

motor ciclo ottoLa tecnología tiene su historia, como todo lo que concierne al paso del tiempo. Lo interesante es que la evolución tecnológica sigue una curiosa mezcla entre los impersonales dictámenes de las leyes físicas y las necesidades, anhelos y caprichos de los seres humanos destinados a usarlas. En una escala que va desde el arte puro (función estética pura, solo limitado por el gusto de los usuarios) y la ciencia pura (ocupada tan solo de la verdad, sea esta como sea), la tecnología se establece como un interesante punto medio mezcla de necesidad y contingencia, de lo que se necesita, lo que se desea y lo que la mente, los recursos y la ciencia permiten.
Así, un elemento fundamental de mi concepto de ucronía, un recurso descriptivo en realidad, es como de diferente puede ser la tecnología de una sociedad cuya historia fue diferente a la nuestra. En el mundo de Negras Águilas, primer relato de Danza de Tinieblas, se hacen patentes los dos principales factores que modelan esa tecnología ucrónica:
– No hay caballos.
– Los motores con los que se ha seguido la revolución industrial funcionan alimentados con hulla pulverizada y son de explosión interna. 

Eso abre la puerta a algunas otras peculiaridades. Los motores de explosión interna son más eficientes que los de vapor, que se supone que fueron inventados pero desechados casi inmediatamente, al descubrirse el ciclo Écija, llamado así en honor a su inventor. Como no hay fuerza de transporte animal disponible, la innovación se extiende a toda velocidad, una revolución industrial que pilla con el pie cambiado a todas las estructuras sociales y económicas y las obliga a cambiar casi de la noche al día. 

Eso hace al mundo de un aspecto parecido al actual, salvo en que otros campos de la tecnología, la electricidad, aún no han tenido tiempo de desarrollarse. No hay aviones, ni teléfono, no hay luz eléctrica, o está empezando a implantarse y, por supuesto, todas las máquinas se mueven con motores ciclo Écija. 

Anticipando algo lo que estoy escribiendo ahora mismo, la tecnología de Danza de Tinieblas no se extiende ad infinitum, sino que va progresando lentamente, añadiendo a la civilización elementos parecidos pero no iguales a los de nuestra civilización moderna: volateros, teleaudios (que sirve a la vez de teléfono y radio de entretenimiento) y teleentrópico (una curioso red informática de comunicación evolución de la que aparece en el despacho del primer ministro en Danza de Tinieblas).

De cualquier manera, la sociedad, los individuos que la constituyen y las herramientas que construyen y usan, al igual que las costumbres y normas que regulan su convivencia, van en un mismo paquete densamente tejido de interrelaciones. Es, quizá, lo que para abreviar llamamos “cultura”. 

Yo he intentado en mi ucronía que la materia de especulación sea la propia cultura, y todo ese concepto lo recoge como propio. 

Finalista IX edición premio Río Manzanares de Novela

Pues sí, otra vez finalista, o mirando la botella medio llena: ¡otra vez finalista!, esta vez del premio Río Manzanares, convocado por la Empresa Munincipal de la Vivienda de Madrid. El premio sigue tan a rajatabla lo del secreto del que se presenta, que es obligatorio el sistema de lema y plica. Te descalifican si, de alguna manera, los ejemplares entregados llevan alguna indicación de tu identidad, y por no abrir los sobres, ni siquiera me avisaron para el fallo. Me enteré dos días tarde. Bueno, casi mejor, así no ha habido nervio ninguno.
La novela la titulé Tres motivos para morir en Madrid, puede verse en el listado de los finalistas aquí
Yo creo, sobre todo después de algunas mejoras que gracias a los amigos que se la leyeron introduje a ultimísima hora, la cosa quedo bastante bien. Me siguen gustando algunas de las ideas del argumento, y ciertos desarrollos de los personajes. Quizá la idea central, vista con distancia, se queda un poco corta para una novela.
Algun día de estos la tendría que dar un buen repaso e intentar publicarla. Veremos.

Danza de Tinieblas

Todo vino de una imagen. No existe más que en mi imaginación y mis dotes como dibujante no dan como para recrearla, aunque puede que algún día lo intente. En ella se veía un Madrid nocturno, tenebroso, sin luz eléctrica, en el que apenas había algún brillo de candela amarillenta. En una calle empedrada, rodeada de edificios monolíticos, de granito y madera, avanza un vehículo carrozado en un negro líquido, una máquina movida por un retumbante motor de grandes pistones de acero, que se desliza sobre los adoquines sobre ruedas metálicas recubiertas de goma maciza.
La cámara —sí, esto es como una película- sigue al vehículo que desemboca en una calle mayor, mucho más iluminada, y se integra en una corriente de máquinas similares, de muchas formas y un solo color: el negro. Parece un enorme insecto, un veloz escarabajo acorazado que avanza en la noche y se mezcla con otros muchos en la inmensidad de un bosque de edificios. La calle es la Gran Vía, en la que hay edificios que reconozco y otros que no corresponden a los reales o incluso los históricos. Las personas que pasean por las aceras son de muchas razas y visten una moda extraña, de escuetos tonos oscuros, capas largas o cortas, faldas con guardainfantes testimoniales, jubones y medias, gorgueras reducidas y sombreros de pico. Abundan gentes humildes, chicuelos sucios, soldados desgreñados y cubiertos por gruesos capotes, busconas, matronas, costureras, mujeres aún sin derecho a voto ni a una profesión.
Eso era todo, una imagen, aunque muchas de las ideas descritas ya me rondaban en la cabeza, el relato solo cristaliza en ese sueño visual, previo por unos segundos a las palabras escritas del cuento Negras Águilas.
De esas ideas previas, la que mejor recuerdo es la de jugar a darle la vuelta a la ucronía descrita en Panava, la obra de Keith Roberts. Roberts fabula con una Inglaterra católica y a mí se me ocurrió que la mejor equivalencia sería una España protestante y un imperio que no hubiera muerto. El famoso “y si… ” de todas las ucronías estaba planteado.
Tras esa idea, la hermana de una buena amiga, amiga también y Licenciada en Historia, consultada sobre un buen libro acerca del Siglo de Oro, me recomendó el estupendísimo La vida cotidiana en la España del Siglo de Oro, escrito por Fernando Díaz-Plaja. Ese ensayo, o colección de ensayos, además de proporcionarme materia prima directa y documental para poder escribir algo relacionado con el Siglo de Oro, también me sirvió para empezar a entender por qué Quevedo escribía como escribía, por qué Lope era como era, por qué la política de la época se desarrolla como se desarrolla, o, más bien, las consecuencias que tuvieron los muchos errores de entonces.
De haber podido leerlo allá en el bachillerato, cuánto más me habría interesado la historia y las artes de aquella época; de conocer cómo vivían -o mejor, sobrevivían- los españoles hubiera podido saborerar la fascinación de aquel siglo desquiciado.
No puedo dejar de mencionar a Alatriste. No podría, ni querría, negar que su influencia está en Danza de tinieblas. Estupenda idea la de Reverte, magnífica oportunidad de acceso a la historia y la literatura, sobre todo para los adolescentes. No se ha vendido como tal, como literatura juvenil, no podría, dadas las pacatas normas no escritas de nuestra sociedad bien-pensante respecto a las lecturas adolescentes y la violencia, pero cumple ese objetivo a la perfección. Aventura, intriga y emoción en un marco histórico fascinante, tanto por cercano de los escenarios, como por los hechos acaecidos: en un par de siglos pasamos de enriquecido y todopoderoso imperio, a país paupérrimo y miserable. Hay que retroceder casi a la caída del Imperio Romano para encontrar otra tragedia semejante.

Con esos antecedentes, puestos todos juntos a batir en el inconsciente, aplicadas las reglas del juego ucrónico, y tras un poco de sufrimiento escritoril, surgía Negras Águilas, mencionado antes, un relato de no demasiadas palabras y primera incursión en la ucronía donde se desarrolla Danza de Tinieblas, y que ganó el premio Ignotus, de la AEFCFT del año en que se publicó en Artifex.
Y no mucho después, Danza de Tinieblas, mi primera novela larga, que no lo es tanto, apenas 100.000 palabras, pero que así me lo pareció cuando la escribía. Pero eso es tema para otra entradilla.

Empezando

Tras mucho tiempo de darle vueltas, de pruebas y retrasos, al final me he decidido a crear una pequeña página web como escaparate de mis creaciones. Como en esas tiendas de pueblo, en las que se vende un poco de todo y sin ningún horario establecido, aquí habrá cosas frescas, cosas antiguas, enlaces a artículos o críticas que publique o se publiquen por ahí, comentarios o aclaraciones y alguna lista de cosas publicadas, si me acuerdo.

Es también mi intención crear un almacenillo, con mesa camilla, café y picatostes, dónde conversar con aquellos que quieran comentar algo sobre mis obras. Tendrá la cafetera siempre encendida, para las visitas.

Seguramente se me ocurran, o me den pistas, para más cosas que pueda ir poniendo por aquí. Las sugerencias son muy bienvenidas

Bueno, pues vamos a ello