Microcuento: Recuerdos

Acabo de vender algunos de mis recuerdos en el mercado negro por veinte euros. Supongo que los veranos en la playa, el día de la graduación de mi hija, la muerte del abuelo terminarán siendo partes de alguna recreación pornográfica. Me da igual, ayer vendí mis escrúpulos y me dieron aún menos.

Microcuento: El olor de la luna

Me decía mi madre, antes de que las ratas la matasen una noche de verano en la covacha dónde vivíamos cerca de San Sebastian de los Reyes, que la luna olía muy bien. Siempre creí que aquello había sido el desvarío de una vieja que tenía el seso comido por la cazalla, pero nunca olvidé esa frase. La volví a recordar la noche que intentamos robar un autocoche de caudales. Estábamos compinchados con un anarcolista renegado que trabajaba de alguacil privado. Nos dijo por dónde iba a pasar camino de regreso de los puestos de rodas de la sierra. Lo que no nos dijo era el frío que hacía aquella noche de descubierta y lo alta, lo blanca y solitaria que estaba la luna, apenas perturbada por el relente ni por el viento cargado de cellisca que bajaba de las colladas altas.

Paramos al autocoche en un repecho en el que el motor rugía y peleaba por hacer subir la cuesta a la inmensa mole blindada de aquel vehículo. El sistema fue sencillo, bastó con tirar sobre el camino un grueso pino que teníamos ya casi aserrado. Por supuesto comenzaron a dispararnos desde dentro de la caja blindada. Era de noche, estábamos lejos de todo. Lo pensé mientras tirábamos los ganchos y las candenas al techo y encendíamos la polea motorizada: ¿por qué enviar un coche de caudales en mitad de la noche y por aquellas carreteras? La respuesta la supimos muy poco tiempo después.

La polea, sujeta a una peña, comenzó a tirar de la cadena y el autocoche, chirriando, comenzó a inclinarse. En menos de un minuto ya estaba volcado. Nos acercamos por la panza, por si les quedaban ganas de seguir tirando, y enganchamos las cadenas esta vez a las bisagras de la puerta trasera.

Fue entonces cuando oímos revuelo dentro. Traspasaban las gruesas paredes de roble y acero unos sonidos como de raspar, gritos y un disparo.  Supusimos que los hombres de dentro estaban luchando por incorporárse, aprestandose para pelear en cuanto reventásemos la puerta.

Pegué la boca a la chapa y grité:

-Eh, los de dentro, vamos a abrir -la polea ya hacía chirriar la estructura completa de la caja blindada y el acero se estaba combando-  salir sin disparar y podreís conservar la vida.

Cuando todo terminó, el silencio había vuelto al bosque. Tirado en el suelo, desangrandome por una herida que me cruzaba el pecho y me desnudaba las costillas en varios sitios, miré a la luna y sí, volví a olerla como las noches más frías en la covacha, en la que el resplandor blanquecino de la luna se colaba por los agujeros del tejado . La luna llena era el recuerdo más vivo, para nuestros estómagos vacios, de un cuenco de leche, cálida, cremosa.

La puerta se abrió y de su interior surgió no un alguacil disparando, como habían sido nuestros más terribles temores, sino un remolino de oscuridad, un gruñido oscuro y una masa de movimiento y furia que saltó sobre nosotros y abrió gargantas, desgarró intestinos y rompió cuellos.

Yo fuí el único que sobrevivió. Me arrebujé en mi capote, busque un arma por si volvía, aunque sabía que sería casi inútil, y me arrastré camino abajo, en busca del camino dónde habíamos escondido un viejo autocoche para huir.

Más de una vez y más de dos, me giré esperando encontrarme la muerte la mis espaldas pero lo que fuera que habíamos dejado escapar me permitió vivir. No he vuelto a subir a la sierra y no creo que lo haga nunca más. Incluso me he buscado un trabajo, diurno, y me gano la vida colocando adoquines en calles y plazas. Me he casado y tenemos un niño y otro que viene en camino.

Solo hay dos cosas que le he pedido a mi mujer que respete: la primera es que nunca me pregunte por la cicatriz brutal que me cruza el pecho. La segunda es que las noches de luna llena nos encerremos en casa y no salgamos de ella hasta que despunte el sol.

No quiero tentar a la suerte una segunda vez.

Dieselpunk

-—Motores diesel, desafio a la autoridad y juventud gamberra, ¿eso es el dieselpunk?
-—Sí, algo así. Se trata de crear un mundo diferente al actual suponiendo que haya habido un cambio radical en nuestro pasado, un suceso histórico e incluso un avance científico tal como un motor movido por diesel. Luego hay que contar una historia en ese mundo, algo que lo trascienda de algún modo.
-—Lo de punk lo veo, pero ¿Qué es el diesel?
—-Ah, eso es lo mejor. Es un líquido que se obtiene del refino del petróleo. Se puede usar en un motor de combustión interna.
—-Como propuesta estética lo veo bien, pero ¿qué incómodo, no?
—-Y peligroso. Es un líquido muy inflamable, el manejo puede ser problemático. Imagínate un choque de vehículos, sería un desastre.
-—Desde luego. Veo bien esos ejercicios intelectuales, pero como el carbón no hay nada. Anda echa un poco más que llegamos tarde a la tertulia.
—-Cuidado, vas demasiado rápido. Las calderas fresnadilla son muy sensibles a las grietas por calentamiento desigual, se rajan de arriba a abajo. He visto muchas así en el taller.
—-Bueno, tu serás ingeniero pero yo llevo toda la vida con los chasis Gomeznarro de caldera abierta y jamás me ha pasado algo así.
—-Has tenido suerte.
Los dos amigos se aplicaron a echar carbón de modo controlado en el horno situado en la panza del vehículo. Un cuarto de hora después, cuando estuvieron contentos con la presión del vapor, se encaramaron en la alta estructura y aceleraron hasta incorporarse en el humeante flujo del tráfico. A esa hora de la tarde, las calles de Madrid estaban saturadas de modernos vehículos movidos por la energía del vapor, capaces de transportar con seguridad a sus ocupantes a asombrosas velocidades de más de treinta km/h.