Terminada Alba de Tinieblas (título provisional)

Terminada Alba de Tinieblas (título provisional y sujeto a discusión). Queda aún el curro de la corrección, pero el trabajo de la primera escritura está hecho. En total han sido 132.000 palabras, que serán aproximadamente 440 páginas.

Con esta novela el corpus de Crónica de Tinieblas quedaría así (en negrita las que he escrito yo):
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1575- Alba de Tinieblas (novela)
1600 Las cuitas de los ingenieros
1697 Canción de cuna para un Fablegasht (Víctor Conde)
1780 En el jardín colgante (Ramón Muñoz)
1787 El orden de la Trama (Sofía Rhei)
1815 Stultifera Navis (Alfredo Álamo)
1907 Malasaña (Juan Carlos Herreros)
1910 Canción del anarcolista (Alberto García-Teresa)
1913 La máquina de las tinieblas (Joseph Remesar)
1915 Negras Águilas 
1915 La voluntad de un pueblo (Josué Ramos)
1927 Danza de tinieblas (novela)
1928 Piedras
1929 El virrey el relojero y el correveidile (Pedro López Manzano)
1932 In Tenebris (Santiago Eximeno)
1958 Cerco de tinieblas (Raúl Montes de Oca)
1959 Nobleza obliga (Josemi de Alonso)
1961 Víctima y Verdugo
1963 De lobos y Desiertos (Ludo Bermejo)
1965 Bajo estrellas feroces 
1967 Mentes de Tinieblas (Fernando Ángel Moreno, Gabriel Díaz)
1968 Víctoria de la Habana (Mª Jesús Álvarez)
1969-1671 Memoria de Tinieblas (novela)
1975 Antonio Benjumea (Cristina Jurado)

 

 

 

 

Terminando la tercera novela de Crónica de Tinieblas.

Está casi lista, dos, a lo sumo tres capítulos y habrá acabado la escritura de la tercera novela de la saga. Se trata de una precuela, cuento los orígenes de la ucronía, la apasionante y compleja guerra de sucesión que colocó a Juan de Austria como emperador de la nueva cristiandad.

Queda el inmenso trabajo de la corrección, claro, pero eso, de momento, no me preocupa, la primera parte, que es la escritura pura y dura, está prácticamente terminada.

UF!

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Precuela de Tinieblas

Pues sí, una nueva novela del ciclo/saga de Danza de Tinieblas. Esta vez la ucronía se localiza en los momentos inmediatamente posteriores a la muerte de Felipe II, en plena guerra de sucesión.

Puedo contar bien poco porque el argumento se está cociendo a fuego lento. Solo pudo anticipar que estando como estoy, fascinado por el tremendo momento de cambios, encrucijada de destinos que supuso el renacimiento para toda Europa, la novela se está convirtiendo en una suma de muchas cosas.

También puedo revelar que está vez hay muchos personajes, todos protagonistas, de ambos bandos, los carlistas (partidarios de Carlos VI, hijo de Felipe II) y los Juanistas, los aspirantes al título de emperador, abanderados en torno a Don Juan de Austria, medio tío de Carlos. Ambos se criaron en Leganés, junto a Alejandro Farnesio.

 
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Nueva Novela

La segunda que termino en 2013. Es breve, tiene 60000 palabras nada más. La estoy corrigiendo en estos momentos. Hay magos, magia, gente muy mala y gente muy buena. Algunos regulares también. Hay conflictos, una chica, un chico, una antigua tragedia y una herencia problemática. Todo eso tiene que ver con Magia, es una novela de magos, jóvenes que descubren un día que pueden hacer magia y que eso cambia su mundo de arriba a abajo, no siempre para mejor.

Es, como habrán adivinado, una novela juvenil.

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Un pequeño fragmento:

Miró de nuevo al castillo. Un rayo de sol tocó la parte más alta de la más alta torre. En cuanto la luz se posó sobre la pieza de metal herrumbrado que culminaba el tejado, algo sucedió. Un brillo de bronce bruñido, de piedra blanca, se extendió desde la punta de la vieja torre a los muros, los cuerpos de edificios, a toda la masa de piedra envejecida y enferma. La ruina se transformó en un deslumbrante castillo cubierto de pendones y banderas ondeando al viento, de muros pintados en vivos colores, de esculturas y fuentes ocultas en los altos jardines de las murallas.
—Merlinia.

Habemus título


Se va decantando el título final de la novela que supone la segunda incursión en forma de novela en el universo de Negras Águilas, la ucronía desarrollada en varios cuentos y en la novela Danza de Tinieblas. Después de darle algunas vueltas, creo que el título encontrado “Memoria de Tinieblas” termina por cuadrar de varios modos. Por un lado constituye una forma de encontrar una referencia común con la novela anterior, de la que es una segunda parte de continuidad laxa (Lo único que comparten ambas novelas es el marco ucrónico). Por otra parte la aparición de la palabra “Memoria” es importante porqué precisamente parte del desarrollo de la novela tiene que ver con la memoria humana, el recuerdo de uno mismo, sus circunstancias y vivencias. Por tanto el título, que no suena mal en sí mismo, permite alcanzar varios objetivos a la vez.
Creo que es el título correcto también por una sensación curiosa, la de que no puede tener otro. Es evidente que puede haber títulos mejores (¿alguna sugerencia?), y que si llego a encontrar otro me parecerá lo mismo, pero es una agradable sensación saber que puedes nombrar a tu obra de un modo conciso, un meme al que referirse. Debe ser cierto aquello que dicen de que un buen título es fundamental para el éxito de un libro.

Escribiendo otra cosa


Mientras algunos amables sufridores se leen el manuscrito de la segunda parte de Danza de Tinieblas, y después de un breve lapso de descanso, he comenzado con otro proyecto, la ampliación de una antigua novela corta.
Esa novela corta era el relato más largo de una serie o fix-up que le dediqué a los viajes en el tiempo. Sí, yo también he sucumbido a uno de los más divertidos leitmotiv de la literatura prospectiva cienciaficcionera. Me gusta especialmente de esa serie, a medias concluida, algo que tan solo es circunstancia, attrezo narrativo: la concepción del viaje en el tiempo, del tiempo mismo que escribí para los cuentos. La idea no es original mía, sé que hay científicos que incluso la valoran con gruesos desarrollos matemáticos. Intentaré explicarla.
Para entenderla hay que pensar en el espacio-tiempo como un continuo de cuatro dimensiones, tal y como decía Einstein, tres espaciales y una temporal. Para facilitar la visión de la idea a proponer vamos a reducir las tres dimensiones espaciales a tan solo dos, un mundo plano, y para hacerlo aún más visual, nuestro mundo, la tierra, se convertirá en un círculo dónde vivimos planos. Ese círculo lejos de ser estático se ve afectado por el tiempo. Si el círculo está dibujado en un plano xy, y elegimos el eje z como el del tiempo, el círculo se desarrolla, se convierte en un túnel que avanza por z. Si, en un ejercicio de exageración conceptual de los que nos permite la física, imaginamos el túnel desarrollándose desde el inicio del universo hasta su colapso y fin, tendremos un larguísimo túnel en el que cada sección será un instante de tiempo concreto, una rodaja de ese salchichón en que se ha convertido nuestro mundo.
Hasta aquí todo es bastante convencional. Lo bueno empieza ahora: imaginad que en ese universo plano, del cual nuestro mundo es un círculo, el tiempo no avanza igual de deprisa en un sitio que en otro. Habrá regiones del espacio que adelantarán a otras. Podría darse el caso de tiempos negativos, regiones que no solo no avanzan, sino que retroceden. ¿Qué supone eso? algo muy simple, que desplazándose de forma adecuada en ese espacio bidimensional podríamos recorrer una curva temporal avanzando a un tiempo futuro, o retrocediendo a uno pasado. En nuestro universo real, la teoría general de la relatividad, predice que haya zonas dónde el tiempo transcurra de forma diferente. De hecho, establece que no hay un tiempo referencial que llamar tiempo único, que dicho concepto carece de sentido. Aquí, en aras de la narratibilidad (si dicho palabro se puede usar y no hay ningún filólogo por ahí que decida vengarse por ello) me salto la necesidad de que la velocidad a la que se puede uno desplazar por el universo tiene un máximo tasable, que, curiosamente, impide que al moverse a regiones dónde el tiempo transcurre de modo diferente, se pueda violar la causalidad. Es una forma de verlo, se puede decir justo al revés y es igual de válido.
Volviendo a la literatura, en mis cuentos me salto eso a la torera y dejo a mis personajes que viajen en saltos espaciales a tiempos retrógrados y que luego puedan volver al curso general del tiempo con precisión, saltándome la causalidad, claro. Que lo hagan partículas, como al parecer los experimentos en mecánica cuántica apuntan, es una cosa, que lo pueda hacer un objeto macroscópico, otra muy diferente. Da igual, estamos imaginando una máquina en el tiempo, un artefacto mítico que, según algunos, ya ha saltado de la imaginería de la CF y es ya propiedad del inconsciente colectivo, listo para usarse por cualquiera que no necesite más que decir “funciona” y listo. Los escritores de CF no lo tenemos tan fácil, por desgracia, tenemos que montar parafernalias del estilo de la que estoy describiendo para permitirnos un vuelo plausible de la imaginación de nuestros correosos lectores, a menudo, muy bien formados en ciencia y tecnología.
Y la cosa no acaba ahí, se le puede dar una interesante vuelta de tuerca. Hemos descrito una estructura tridimensional dónde la dimensión Z es el tiempo, con valles y crestas de tiempos acelerados y retrógrados, pero que es una estructura estática. Se puede concebir algo así como un metatiempo, una evolución de esa estructura tridimensional (cuatridimensional en el mundo real). En ella el tunel del tiempo cambiaría, las cordilleras, las crestas y los valles crecerían o se aplanarían, todo cambiaría en función de ese tiempo por encima del tiempo.
¿Qué añade eso a todo el edificio conceptual que he montado para justificar algo que en realidad no necesitaba ser justificado para crear una narración interesante? pues yo creo que es divertido y tiene algo de ese vértigo conceptual que a veces se convierte en el sabor de fondo de la buena ciencia ficción, nada que pueda impedir disfrutar de la historia a un lector generalista pero que le puede dar un plus al lector de CF.
Volviendo a mis cuentos de viajes en el tiempo, escribí dos de ellos: uno ambientado en la Arabia del siglo III, el otro, el más largo, el que se esta convirtiendo una novela… es una sorpresa, aún. Siguen atentos a sus pantallas de lcd.

Terminada


Acabo de terminar el primer borrador de la segunda parte de Danza de Tinieblas: 130.000 palabras, unas cuatrocientas páginas ¡Uf!

Pero no todo el trabajo está hecho, ni mucho menos. Hagamos una lista de lo que queda:

1-Revisar el borrador

2-Reescribir lo que sea necesario y corregir el resto

3-Corrección de estilo (Pobre Nati)

4-Segundo borrador. Presentar a los primeros lectores

5-Recoger comentarios, madurar y revisar de nuevo

6-Tercer y definitivo borrador

7-Buscar editor (esta es la parte más dificil, me temo)

Simultáneo a todo esto, habrá que ir pensando en un título.

Bueno, no todo el curro se ha terminado, pero sí un 80%, creo yo. La cosa no está mal. Ahora a descansar unos días, a inicar otro proyecto que tengo en cartera, y después a retomar el tema y seguir el listado.

Y luego dicen que escribir es fácil 🙂

Terminando

Casi está ya… me quedan cinco capítulos de Danza de Tinieblas 2, ¡anda que no tengo ya ganas de verla acabada!, aunque aun queda casi lo peor, el largo y difícil proceso de la corrección. Con lo compleja que esta resultando la trama —un montón de situaciones y personajes relacionados— voy a tener que hacerme un mapa. 

Otro pequeño anticipo: 

Los camareros se habían retirado hacía ya rato, dejando sobre la mesa, cajas de puros y bandejas repletas de licores. Abrió una botella de coñac Don Juan y se sirvió en la copa. Luego miró la ilustración de la etiqueta, un óleo que la galería real del retiro exhibía aún. El viejo Don Juan de Austria, primero bastardo real, luego emperador por mor del filo de su espada y la fuerza de sus partidarios, miraba el horizonte incendiado del Toledo conquistado en la batalla que le dio el poder. A ese linaje habían jurado lealtad completa aquella caterva de viejos enfangados en sus propios privilegios. 

— ¿Observando al viejo rey, Castañeda?

— Sí. 

— Mucho ha transcurrido desde entonces.

Castañeda no contestó, se limitó a chupar del puro y mirar a su compañero de mesa, Quesada y Miguez, un hijo menor de una vieja casa noble que había ingresado en los conjurados como era tradición en su familia desde los propios tiempos del rey Juan. Como todos ellos, había perdido su herencia, su origen, la familia había simulado su muerte y la conchabía lo había acogido como otro hijo huérfano más. La conjura los desnudaba y los hermanaba en el juramento; les daba una identidad real, verídica, que pretendía ser inquebrantable y que luego vestía con los ropajes del disfraz que la oportunidad necesitase. Miró al ex-noble, bien vestido, elegante incluso, mantenía la compostura a fuerza de un desarrollado sentido de superioridad moral y natural, o al menos eso es lo que le parecía a Castañeda, que nunca había tenido ni un origen noble, ni un pasado al que echar de menos, y que siempre había adoptado los disfraces de sus tareas con la alegría de ser algo quien no había nacido destinado a nada. 

 

Junio del 2008

Trabajando en Danza de tinieblas II, sin título, ni provisional todavía. Escritas unas 70.000 palabras, pendientes al menos 50.000 más.

Un capítulo, que no sé si luego irá en la versión final:

La calle olía a orines de gato. Lindaba con la judería de Lavapiés justo cuando lo alto de la colina en la que se encaramaba el centro de Madrid, comenzaba a descender hacia el río. Era un callejón infecto, que ni los judíos y sus levitas, ni los chelis consideraban más que una frontera. Un alcalde visionario, el mismo que había intentado crear otro Madrid, pero bajo tierra, había imaginado un plan urbano que consistía en tirar muchas casuchas, caserones, ruinas, corralas e incluso dos iglesias y una sinagoga, para hacer sitio y que el centro respirase mediante un par de grandes avenidas norte-sur, este-oeste, a las que adosar grandes monumentos, nuevos edificios de porte neoimperial, el estilo recargado, lleno de estatuas e innecesarios refuerzos de acero remachado.
Todo había acabado en agua de borrajas por medio de las, a veces, no muy sutiles recomendaciones de los poderes sin nombre que medraban en las sombras del imperio. El callejón había seguido siendo un infecto campo de batalla entre dos poderes silenciosos, al margen de los alguaciles, del poder imperial, de las leyes y el común de la ciudadanía, que no osaban meter la nariz en aquel rincón sin nombre.
Por supuesto, Alonso García de Castañeda, residente desde los tres años en el Real Colegio de Huérfanos de Funcionarios Reales, no conocía la historia de aquel lugar. Tenía apenas catorce años y le bastaba con haber aprendido los rudimentos de la lectura y la escritura y la más ardua, y más útil, ley de la calle.
Se alineaba junto al Judas, Moromalo, al Ruin y al Mocos, hombro delgado contra hombro, delgados pero tensos como maromas de atraque frente a la marea. Enfrente, otros chiquillos, más sucios, peor vestidos, pero con la mirada aún más torva y violenta que la suya propia.
— Jalanta, que sois jalanta de la perca, bufos, hijos de la cerda mariana.
La fila se removió ante los insultos. Alonso los paró con la mano extendida, la mirada como acero dulce. Dio un paso y los demás le imitaron. Las manos se tensaron aún más sobre el cuero de los cinturones cortando la circulación de la sangre a la piel de la mano, volviéndolas puños de nieve terrible. En el extremo, balanceándose, las pesadas hebillas de metal. La fila de los judíos no cedió un ápice. Un adoquín, medio kilo de roca granítica, partió de detrás de ellos y voló hasta estrellarse justo delante de Alonso, que lo paró poniéndole encima el peso de la bota.
Otro paso, luego otro. Las filas aguantaban. Estaban ya tan cerca que podían ver el vaho de las respiraciones, el color de los ojos, los rostros, un blanco empedrado de violencia, miedo y rabia. Estaban armados con palos, astiles de picos, simples trozos de ramas, ningún arma blanca a la vista, eso no hubiera sido noble y aún en aquella pelea de aprendices a delincuentes las normas del honor eran sagradas.
Alonso, luego no recordaría que sucedió después del último paso, tan solo su grito, que escuchó un poco sorprendido, incluso asustado. Un alarido que se emparentaba con los gritos con los que se habían construido tantas matanzas, con los que se recrearían tantas otras en el futuro. Luego todo fue una confusión de corta carrera, un cuerpo a cuerpo de cintarazos despiadados, bastonazos veloces, de dientes apretados ante el dolor de un golpe, de rabia desatada, irracional.
Más objetiva fue la visión del hombre que, embozado, observaba desde un altillo de aquella calle.
Desde el principio, los judíos habían tenido la victoria de su lado. Más experimentados, luchaban con inteligencia, con menos miedo. Por el otro lado, se les oponían los huérfanos, pura pasión destructiva, una marea de odio desatado que no conocía estrategias, pero que no daba cuartel.
Abundaron pronto los descalabros, los brazos rotos por las porras de los judíos, tres de los cinco huérfanos quedaron fuera de juego en los primeros minutos, se retiraron renqueando hacia su lado de la calle. Alonso y el chepa, casi espalda contra espalda, no cejaron. Abrumados por la nube de estacazos que tenían que esquivar y castigar con el rápido latigazo de sus cinturones hebillados. También las filas enemigas retiraron algunos soldados con cortes profundos y dolorosos en mejillas y brazos, las hebillas estaban afiladas. Al fin fueron cuatro para dos, que daban vueltas con los palos en alto, buscando un hueco. De realizar un ataque coordinado, vencerían, pero alguno de ellos resultaría mal herido, quizá un ojo menos, una mejilla abierta hasta el hueso, y eso parecía detenerlos.
Contra todo pronóstico, los defensores se miraron y, al unísono, pasaron al ataque gritando, ambos en sitios opuestos del círculo de acosadores. El Moromalo, que era bajito y desproporcionado, se deshizo de un judío arrancándole el arma con la fuerza descomunal de sus brazos. Eso le impidió parar el golpe que le cayó en la clavícula. Se escuchó partirse el hueso. El brazo izquierdo le colgaba inútil y se defendió de posteriores ataques girando el cinturón sobre la cabeza y reculando hacia las filas de los otros heridos.
Alonso golpeó una y otra vez, a derecha e izquierda, adelantándose a sus atacantes que solo pudieron parar los furiosos cintarazos y retroceder. Eso le dio el espacio que necesitaba para volverse y atacar los desprotegidos flancos de los que acosaban al Moromalo. Sorprendidos, quizá con alguna costilla rota, los judíos gritaron, se medio volvieron protegiéndose con los astiles elevados, pero el cuero era mucho más rápido, recibieron cortes en la cara y golpes veloces y dolorosos en las piernas, suficientes para reventar la tela y la piel de los juboncillos.
Los judíos vacilaron frente a aquel demonio incansable, todos menos uno, bajito y que no había participado mucho de la lucha. Por el porte y las cicatrices, se adivinaba de más edad. Le bastó una pedrada certera que impactó justo sobre la ceja izquierda. Alonso vaciló, la mirada enrojecida. Las piernas se negaron a sostenerle y cayó de rodillas sobre el empedrado, aún esforzándose por hacer girar el cinturón, pero las fuerzas se le iban rápido, vacilaba. Los judíos se acercaban, cojeando, sangrando, y en la mirada llevaban algo más que una pelea fronteriza.
Sonó un silbato, una nota aguda. Todas las jóvenes cabezas se volvieron al sonido, excepto Alonso que caía en la inconsciencia, bañado el rostro de sangre. Eran los alguaciles, y ellos sí que sabían usar las porras de acero recubierto de goma e incluso los Villegas si llegaba el caso. Era una batalla que ninguno quería librar, desaparecieron en breves instantes arrastrando a sus heridos. Adelmón, Moritomalo, cargó a Alonso en sus anchas espaldas y, cojeando, tenía una pierna más corta que la otra, se lo llevó de allí.
El hombre en el altillo dejó de soplar y anotó un par de nombres en su cuadernillo. Luego descendió desde la azotea a la calle y caminó por las calles del centro.
Si alguien se hubiera atrevido a mirarlo de cerca, podría haber dicho que había sufrido algún tipo de accidente, tenía largas cicatrices en las mejillas que la sombra de su sombrero apenas podía tapar, pero nadie en Madrid se la jugaba posando miradas indiscretas en hombres medio embozados, menos de madrugada y aún menos en aquel barrio.